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BULLYING

PRAVIA 11 (mayo – junio 2014)

Por: Laura Fernanda Meraz.

Desde que somos niños ordinariamente gozamos sin conciencia de la maldad de la agresión a terceros. Cuánta risa nos provocan las palizas que algunos compañeros propinan a otros amigos. Tal como ilustra una tradición escénica: el títere de cachiporra que sacude a golpes la cabeza de otro muñeco y levanta un clamor de risas espontáneas. Irónico resulta que esta sea una tradición festiva. Lo mismo cuando alguna persona cae o tropieza o sufre un accidente. Lo extraño es que ese dolor ajeno resulte cómico en vez de despertar sentimientos de auxilio inmediato  y solidaridad comedida. Pero no, soltamos la carcajada frente al infortunio ajeno, lo convertimos en burla, en ocasiones no solo momentánea, sino que como coloquialmente se dice agarramos de carrilla al desafortunado. Nunca nos ponemos en los zapatos de los demás. Creemos, irresponsables y despreocupados, que lo que nos causa gracia a nosotros debe de ser norma para todos.

Desde que comenzamos a integrarnos a escuelas, los chicos y chicas comenzamos por burlarnos de las características físicas de ciertos compañeros. En forma de onomatopeyas, gesticulaciones o remedos para ridiculizar a quien se equivoca en público. ¿Qué nos lleva –vale la pena preguntarnos- a pasar por alto que todos somos seres humanos con sentimientos y todos estamos expuestos a equivocarnos alguna vez?, ¿de dónde nace ese afán a flor de piel por herir a nuestros semejantes?. Algunos lo atribuyen a un afán de notoriedad o protagonismo. Pero la popularidad no tiene que basarse en ser el más agraciado físicamente, o tener mayor estatura o fuerza física, sino en nuestras dotes de inteligencia y sensibilidad humana, en nuestras virtudes como la generosidad y la nobleza.

Padres de familia y maestros preocupados por el fenómeno señalan que todo esto se solucionaría si la población adulta modificara sus actitudes, usos y costumbres en calles y centros de trabajo, en los que la violencia campea, acaso por la crisis y el estrés que nos acosan. Los niños copian las actitudes que se dan en sus hogares, lo que nos lleva a concluir que toda la población infantil, salvo una escasa excepción, será hipotéticamente integrada por agresores activos.

Los niños saben lo que significa bullying, aunque carecen de capacidades desarrolladas para manejar la situación por sí solos. Sus familiares adultos tenemos la enorme responsabilidad de ayudar, tanto al que padece, como al que la imparte con su ejemplo. Esta tarea no es fácil pero es necesario asumirla antes de que el destino nos alcance en proporciones que encuentro mejor no imaginar.

Prefiero no hacerlo tras conocer un informe del Sistema Nacional DIF, cuya autora es su propia directora, Laura Vargas Carrillo, que 1 de cada 6 alumnos que es víctima de bullying en la capital del país llega al suicidio.

Agrega, con base en investigaciones de campo realizadas por expertos del DIF que 17% de los escolares menores de 6 años afirman que les pegan e insultan en la escuela y el mismo porcentaje de niños de 10 a 12 años afirmaron que sufren acoso y humillación. Chiapas, Guerrero y Oaxaca ocupan, con el DF, los primeros lugares de maltrato tanto en la familia como en la escuela.

También informó que en todo el país la institución trabaja en una estrategia de combate y prevención del bullying, pero insiste en que el problema se debe enfrentar de manera articulada, no sólo de entidades gubernamentales sino con el esfuerzo de organizaciones civiles, especialmente de padres de familia y maestros, y la sociedad en su conjunto.

Una investigación de la Dra. en psicología Brenda Mendoza González, académica de la Universidad Autónoma del Estado de México, quien lleva más de 15 años trabajando en el tema y es una de las investigadoras mexicanas con mayor conocimiento del tema, llega a tal nivel que niños de primaria forman grupos para agredir a sus compañeros, llegan a cobrar derecho de piso –como hace la delincuencia organizada-  amenazan a otros para que roben para ellos, generan chismes para humillar compañeros y llevan registros de robos y de ataques.

El trabajo presentado en el simposio Acoso Escolar: discusión o diagnóstico, auspiciado  por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, presentó resultados de trabajos realizados con alumnos de segundo año de primaria, con entrevistas a 130 niños y niñas acosadores de diferentes escuelas. Señala que 77% confesaron que agreden a otros porque son diferentes, 60% porque disfrutan ver el sufrimiento y 66% para demostrar su poder y fuerza sobre los demás. La maestra Mendoza González establece que los agresores tienen más habilidades sociales que sus víctimas, quienes usualmente están solos, y si llegan a tener un amigo o amiga, ambos son objeto de violencia. Además, los primeros son racistas, sexistas, clasistas y rechazan al diferente. No es casualidad lo que pasa en las escuelas, es el reflejo de nuestra sociedad.

El bullying se caracteriza por maltratar, humillar y agredir física o psíquicamente a un ser humano. Esto incluye burlarse de él, ignorarlo, asustarlo y marginarlo sistemáticamente, con formas que parecen tan inocentes como la ley del hielo. La principal característica de esta conducta es que suele prolongarse en el tiempo y va dirigida a causar daño.

Todos hemos cometido de alguna manera esta práctica. Poner sobrenombres ofensivos, hablar mal de alguien, dejarlo fuera de todos los grupos, hostigarlo, amenazarlo, empujarlo, pegarle, u obligarlo a que haga algo en contra de su voluntad: es bullying.

Como familiares nos damos cuenta de que nuestros pequeños son acosados. ¿Se han puesto, mis queridos lectores, a pensar en las consecuencias? Hay que tener cuidado en estos tiempos tan agitados, hirvientes de frustraciones y violencia. Procuremos no caer presas de la ira. Y ¿saben…? Si sufren de esta pesadilla, lo mejor es comunicarlo a alguna autoridad, evadir al agresor y jamás creer en dichos y ofensas de los agresores. Pensemos que ése o esos infelices padecen una carencia enorme de amor y atención o a su vez también es agredido por otro y actúa en concordancia con lo que padece en su propia vida.

Es fácil decir que es normal o que así aprenden a defenderse. Pero las proporciones que el fenómeno tiene lo han convertido en una amenaza social que debe conjugarse de manera urgente. El acoso produce heridas en el alma difíciles de sobrellevar y marcan la vida del agredido para siempre a menos que tenga mucho apoyo y mucho amor en su entorno familiar.

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