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WIRIKUTA

PRAVIA 08 y 09

Por: Carlos Arce.

Para los huicholes, la vida, al igual que todo lo que conforma el universo, son parte de un gran organismo con conciencia evolutiva. Desde átomos, partículas y células, hasta satélites, planetas, sistemas solares y galaxias. Todo, absolutamente todo, tiene que ver con todo.

Una idea compleja de entender, pero los huicholes construyeron una mitología impresionante que ayuda a comprender la relación que existe entre todos y con todos, nada lejano ni extraño al ‘in lak’ech’ de los mayas.

Así empezó el viaje.

Wirikuta comprende un espacio de 140 mil hectáreas que pertenece a San Luis Potosí, específicamente los municipios de Catorce, Charcas, Matehuala, Villa de Guadalupe, Villa de La Paz y Villa de Ramos. Desde 1998 pertenece a la Red Mundial de Sitios Sagrados Naturales de la UNESCO. Probablemente, uno de los territorios más sagrados e importantes para los huicholes, puesto que de acuerdo con su cosmogonía, el mundo se creó ahí.

¿Qué hay en Wirikuta, el lugar fundacional de una cultura prehispánica, que le interese a los jóvenes citadinos?¿Qué se encuentra en ese desierto? En esas tierras abiertas al cielo, sin árboles, sin agua, sin nada. ¿Qué pretendemos buscar donde se supone que no hay nada?

La respuesta parecía simple, a uno mismo.

Llegamos a la una de la tarde a Wirikuta. No hacía frío ni calor, pero el sol retumbaba en nuestras cabezas, como dándonos leves golpecitos para recordarnos que ahí estaba. No había más que arbustos y tierra. Un ligero viento nos desacomodaba el pelo mientras buscábamos a dónde ir.

Nos bajamos de la camioneta y Fernando creyó que era prudente quedarnos a acampar por ahí. De entre los matorrales, una bicicleta se fue acercando hacia nosotros. Era azul cielo, tenía agua y unos petates amarrados en la parte trasera. Montado en ella venía un señor sonriente. Se llamaba Everardo.

“¿Van a acampar aquí?” preguntó desconcertado. “No es seguro, les va a caer la tira, siempre están checando que no se lleven el hikuri,” continuó. “Vienen al hikuri, ¿verdad?” preguntó mientras daba un trago a una botella de Caballito rellena con agua.

Contestamos que sí, que veníamos al hikuri y que si sabía dónde estaba. Everardo nos dijo que él sabía dónde salía y que sin ningún problema podíamos acampar en su rancho, pues todos sabíamos que lo que estábamos haciendo no era del todo legal.

“¿Qué es hikuri?” Preguntó Salo. “El peyote güey,” le contestaron varias voces a lo lejos.

En huichol se le llama hikuri al peyote; el venado azul, el abuelito.

El peyote es una especie perteneciente a la familia Cactaceae. Es endémica de México y la parte sur de Texas. Muy conocida por sus alcaloides psicoactivos, entre ellos la mezcalina, principal sustancia responsable de sus efectos psicodélicos.

Posee una larga tradición de uso tanto medicinal como ritual entre los indígenas americanos y está extendido mundialmente como enteógeno y complemento de diversas prácticas entre las que se encuentran la meditación y la psicoterapia psicodélica.

Un enteógeno es una sustancia vegetal con propiedades psicotrópicas, que al ingerirse provoca un estado modificado de conciencia. Se utiliza en contextos espirituales, religiosos, ritualísticos y chamánicos además de usos creativos, lúdicos o médicos.

El camino había sido un sueño dentro de otro. Salimos de León a las 6am, y poco después de San Luis Potosí, despertamos uno a uno para bajar al baño. Aunque pareciera que sabíamos a qué íbamos, pocos imaginábamos lo que iba a pasar.

Cuando llegamos al rancho de Everardo, nos acompañó bajo la sombra de dos grandes mezquites. Dijo emocionado, “se llama Hotel California, así le puse yo.” Bajamos las cosas de la camioneta y comenzamos a armar el campamento.

Juanpi decidió dividirnos en grupos de trabajos. Cada grupo representaba uno de los cuatro elementos. Los agua, los tierra, los viento y los fuego. Cada uno con una chamba distinta. Los agua estaban encargados de todo lo relacionado con los líquidos. Los tierra se encargaron de los alimentos. Los viento prepararon el altar y todo lo referente al ritual. Los fuego, nos encargamos de la leña.

Las copas de los mezquites se entrelazaban formando un techo. Justo en medio acomodamos la fogata. Un círculo de piedras envolvía el campamento y en el tronco de uno de los mezquites, establecieron el altar. Había cuarzos, incienso, veladoras, una virgen de Guadalupe, fruta, flores, copal; una ofrenda a la Pachamama.

Rituales chamánicos, enteógenos, huicholes, peyote. Un mundo de conceptos sumamente ajenos al universo reducido al que pertenecemos los que vivimos en la ciudad. Sin embargo, un creciente interés por las experiencias metafísicas se está gestando en el ámbito universitario. Los jóvenes, cansados de la monótona rutina, tratamos de llenar el vacío espiritual que el consumismo ha dejado en nosotros. Sí, nosotros. Hablo desde aquí porque lo vivo a diario, lo platico a diario, lo percibo todos los días.

Atrapados en una oficina o en un salón. Leyendo citas de Charles Bukowski, desencantados de nuestra realidad, cabizbajos; constantemente arrepentidos por el pasado. Atorados en un presente que no concilia el pasado con el futuro.

Caminamos y caminamos. Hikuri no aparecía por ningún lado. Juanpi iba entre las espinas con un pequeño tambor, cantando “toda mi vida yo te he buscado, y en Wirikuta yo te he encontrado” y entonces seguíamos caminando. 

El piso era de tierra deshidratada, resquebrajada, la tierra rota, no había nada. Arbustos de treinta centímetros, secos, se quebraban con nuestras pisadas. Pero por más que caminábamos, daba la sensación de que ahí no habría nada. Nos pulsaban los pies y las cabezas, el sol -más el ayuno- se había convertido en nuestro némesis, y con todo y todo, hikuri no se aparecía.

Es una creencia popular que tu no buscas el peyote, sino que él te encuentra. De alguna manera eso es cierto. No en el sentido romántico de que caminarás días enteros, y si no estás preparado, jamás conocerás al peyote. Pero hay algo en ese viaje, mientras lo buscas, el tiempo que sea, que te das cuenta por qué estás ahí.

En esos días iba algo así: hay de dos, o el mundo está regido por un orden “divino” que decide por nosotros, podemos llamarlo destino, por lo cual no tenemos decisión alguna sobre nosotros mismos, o somos la consecuencia de un sistema administrado por el caos, o sea, nuestra mera existencia es parte de una serie de errores y/o coincidencias arbitrarias y por lo tanto, la vida humana no es algo tan extraordinario como creemos. Nos tenemos en un pedestal muy alto.

Saltamos una reja donde creímos que había otro ecosistema, un poquito más de agua, porque en ese suelo tan seco no habría nada. Buscábamos sin saber qué encontrar.

Al final de la terracería estaba la casa de Everardo. Su hijo Juan, alias El Coyotito, corría alrededor de la camioneta llena de pacas de alimento para chivas y borregos. ¿Cuál es la jefa de todas? Pregunté a la esposa de Everardo, que nos miraba curiosa por nuestra forma de estar; todos sudados, cansados, rojos, asoleados, traqueteados, torcidos, espinados, terrosos, confundidos, hambrientos y desesperados. “Aries”, contestó, “la de los cuernotes. No las deja comer,” replicó la señora.

Cuando terminamos de ayudar, Everardo nos trepó en un pick up. Manejó por entre los arbustos sin cuidado. Era evidente que conocía esa tierra como la palma de su mano. Ahí donde sale el hikuri es donde pastan las chivas, comentó El Coyotito. Y se los comen, los peyotes. 

Encontramos para buscar. Las experiencias enteógenas, utilizadas por los huicholes para entrar en contacto con los dioses, están relacionadas simbólicamente con cada esfera de su dinámica social. Es a través de estos rituales, mediante los cuales se permitían estructurar su vida en lo religioso, familiar, lo alimenticio y hasta el arte.

Los kawiteros o chamanes, utilizan el ritual del peyote para elegir a sus representantes o marakames. De acuerdo con su visión, los colores son el medio por el cual los dioses se comunican. Una de las características de las alucinaciones y visiones que se tienen en un viaje de peyote es el de los colores brillantes, altamente saturados, y las formas en las que se manifiestan, en forma de halos de luz, resplandeciendo en los objetos, emitidos en una especie de aura.

El chamán huichol, además de ser capaz de interpretar dichos mensajes codificados en colores, es también el encargado de comunicarlo. Aquí es reside la importancia del arte en la vida del huichol y en específico en los rituales del peyote. 

Caminamos veinte metros por entre las ramas hasta cruzar un riachuelo seco. Una línea de arbustos más altos delimitaba la zona del hikuri. De repente, Everardo pegó un grito. ¡Auh! Y con un bailecito preparado nos señaló un peyote de quince gajos. Miren aquí está el abuelito hikuri, dijo emocionado, y lo cortó con la maestría adquirida a través de los años. El coyotito corría por entre los arbustos, señalándonos los peyotes que debíamos cortar. ¡Auh! gritaba Everardo y volvía a bailar para terminar su coreografía señalando otra familia de peyotes. Juanpi tenía la sonrisa más grande de este mundo.

“Atardeces en mis ojos”, pensé mientras veía el sol desaparecer al fondo del desierto. La pick up saltaba en la terracería y yo me agarraba fuerte para no salir volando. Tomaba fotos del mejor atardecer que había visto. Ceci estaba frente a mi, y bonita se entrometía en mi composición. De alguna manera se acomodaba justamente en los puntos áureos y sonreía viendo el sol bajar. Ojalá nunca olvide esa imagen.

Regresamos al campamento, Cuchara tenía un paliacate repleto de peyotes que habíamos cortado cuidadosamente. Es todo un ritual cortar un peyote en el desierto. Primero tienes que identificar una familia, (no se puede cortar un peyote que está solo) después contar los gajos. Es indispensable que sólo se corten aquellos peyotes que tengan gajos impares. Esto es para saber que los peyotes cortados son machos.

Después, se le pide permiso al hermanito. Es un arbusto que generalmente está resguardando a la familia de peyotes. Al cortarlo se utiliza una piedra y únicamente se corta la cabeza,  para que el peyote vuelva a nacer de la raíz.

Nos tomamos de las manos. Cada quién habló de porqué estaba ahí. Al parecer nada es casualidad. Que estemos aquí, reunidos, justo nosotros, algo tuvo que pasar en el universo para que nosotros, fuéramos los elegidos.

Tal vez ir al desierto a buscar respuestas a través de un ritual que es ajeno, distante y confuso, no sea para muchos la mejor opción para lograr un diálogo intrapersonal, pero fue nuestra respuesta.

Aunque la experiencia con enteógenos sea una manera de llegar a responder algunas de las preguntas que tenemos, hay mucho más detrás que solo ingerir una sustancia psicodélica. El respeto que hay que tener ante la situación es de suma importancia. Hay que entender que estos rituales y todo lo que hay detrás de ellos, pues significan la base donde muchas personas cimientan toda su vida.

Encontrar ese lazo de unión entre todos los que pertenecemos a este gran organismo al que llamamos universo es un proceso de construcción, que nos ayuda a responder o tener un esbozo a la idea de quién somos y qué hacemos aquí. Además de tratar de entenderte como parte de este mundo, las experiencias enteógenas -en especial el peyote- te pueden arrojar a un mundo de desconcierto y miedo, por eso la importancia de respetar el ritual.

Cada mente es distinta, y los procesos de asimilación de cada persona resultarán en un viaje distinto. El viaje a Wirikuta, el ritual del peyote, la acampada en el desierto y cada aspecto de la experiencia, será entendido y vivido de una forma especial y única para cada persona.

Veníamos a encontrarnos, a buscarnos, algunos a perdernos; reflejarnos en el otro, en lo otro. Todos tenían claro su objetivo, y no dudaban cuando hablaban. Su voz se quedaba ahí, bajo los mezquites, grabándose en la tierra, dibujándose en el polvo. Veníamos a curarnos. Las palabras acumuladas, apiladas como rocas. Cuando Fernando acabó de preparar la medicina, Tatewari, el abuelo fuego, nos recibía en su morada.

P.D. Las palabras aquí expresadas intentan acercar una experiencia desconocida para muchos, pero que genera muchísimo interés a algunos que se adentran en el mundo de los enteógenos. No se pretende que vayan a comer peyote sólo porque sí. Detrás de todo esto, existe un inmenso respeto tanto por la naturaleza así como por la cultura huichol, y un objetivo claro: recordarle a la gente que hay muchas cosas que hemos perdido a lo largo del tiempo pero que podemos recuperarlas.

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