GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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PRAVIA 12 (julio – agosto 2014)

Por:Laura Fernanda Meraz.

Don Gabriel García Márquez irreverentemente llamado por muchos El Gabo -lo que no le hacía mucha gracia, solo lo permitía a sus muy allegadas amistades- es el Premio Nobel de Literatura  más venerado en Latinoamérica de quien les hablaré en ésta ocasión.

Cuando mi padre esperaba que yo llegara al mundo pasaba las horas interminables en los pasillos del sanatorio con un grueso libro en las manos. Se asomaba cada hora a la sala en donde mi madre esperaba y regresaba a una silla de la antesala para abstraerse nuevamente en su lectura. Era la novela de Gabriel García Márquez, El Otoño del Patriarca, que se había publicado la semana anterior y le tenía entusiasmado, como todos los textos del Maestro, como llamaba al autor. Después, ya en sus brazos, antes de que fuera bautizada, me llamaba Bendición, inmerso como estaba —me confesó después— en el universo garcíamarquesiano, lo hacía en honor a Doña Bendición Alvarado, la madre de Zacarías, el dictador, personaje central de esa novela.

Para decidir el nombre que me sería impuesto hubo una discusión. Podría parecer inusitado que me llamara como mi papá, sin ser varón. Pero no se opuso, también por influencia de García Márquez y uno de sus personales en Cien Años de Soledad: Remedios, la bella, uno de los personajes más fascinantes de Macondo, en cuya historia influye una mujer, Fernanda del Carpio, esposa de Aureliano Buendía, hijo de Arcadio, y nieto de José Arcadio Buendía. Menciono estos dos hechos para explicar por qué García Márquez y su literatura fueron siempre tan familiares para mi, que hoy viven y reviven como los altos vuelos de los pájaros de la memoria.

Acaso por esto, cuando lo leí por primera ocasión encontré tan lógica su manera para definir la misión del escritor como búsqueda incansable de todos los caminos posibles para que lo maravilloso pueda convivir con lo cotidiano y, con lenguaje evocador y preciso, revivir lo inverosímil y reconvertirlo en verídico y poético. Hasta antes de que escribiera su genial novela Cien Años de Soledad esa función era reservada exclusivamente a la poesía, único territorio reservado por completo a los creadores.

No me pareció extraño, en este contexto su alusión a Nostradamus. Ni que Úrsula, figura central de la novela, expresara su vinculación con la realidad, ante las fracasadas invenciones de su marido, al advertir la oposición entre la alquimia y la ciencia verdadera como eje del soporte progreso: «Aquí nos hemos de pudrir en vida sin recibir beneficios de la ciencia», dice al inicio del relato. En Macondo los muertos aparecen como seres vivos: Prudencio Aguilar, muerto de una lanzada por José Arcadio Buendía. No eran espectros, sino figuras con las que puede dialogarse y que deambulan por la noche y también a plena luz. El matrimonio descubrió a Prudencio hasta en su propio cuarto y se ve obligado a marcharse del pueblo. Aureliano posee una rara intuición alquímica. Por eso tampoco resulta raro que los muertos convivan con los vivos y  reaparezcan de nuevo, como Melquiades.  Cuando estos personajes deliran acusan también en el reino del inconsciente los efectos mágicos del ambiente. José Arcadio Buendía habla en latín, con un don de lenguas que pone lo maravilloso en el contexto religioso de los apóstoles y el padre Nicanor expone su capacidad de levitación. Pero la realidad no es menos mágica. Aureliano Triste descubre que el fantasma que parecía morar en una casa de nadie era Rebeca, olvidada ya de todos. El Judío Errante aparece como un monstruo y los pergaminos son también mágicos.

Siempre escuché hablar con mucho respeto de García Márquez, tanto a mi papá, como a sus amigos y a otros periodistas del diario en que trabajaba en ese tiempo. Me enteraba de muchas cosas en las pláticas que escuchaba entre ellos, lo mismo en casa que en el periódico. Así supe, por ejemplo, que la abuela del escritor, Tranquilina Iguarán Cotes, a quien  llamaba abuela Mina y  describía como mujer imaginativa y supersticiosa  llenaba la casa de los García con historias de fantasmas, premoniciones, augurios y signos,  impresionó tanto a su nieto que este aseguraba que fue su primera y principal influencia literaria, tanto que le heredó la fórmula surrealista de describir lo extraordinario como asuntos ordinarios cuando contaba historias sin importar lo fantásticos o improbables que estas parecieran, siempre lo hacía como quien habla de cuestiones verdaderas, imposibles de negar, fue esa abuela Mina inmortalizada por el escritor como Úrsula Inguarán, quién, treinta años después es el personaje más importante de su obra magna, Cien Años de Soledad.

Era periodista de corazón y amaba esta profesión. En otra ocasión, en un café frecuentado por periodistas describió como a pesar de tener poco tiempo para escribir, se las ingenió para escribir en las madrugadas su cuento Un día después del sábado por el que recibió su primer premio literario. En 1959 fue nombrado director de la nueva agencia de noticias cubana Prensa Latina y en 1960 se fue con su familia a vivir seis meses en Cuba. Al siguiente año fue nombrado corresponsal en Nueva York, pero allá tuvo grandes problemas con los cubanos exiliados, la gusanera, los gusanos, les llamaba. Por las intrigas de los exilados cubanos, que le reprochaban su amistad con Fidel Castro, el gobierno de Washington le revocó su visa de entrada con el argumento de que García Márquez estaba afiliado al partido comunista cubano. Sin embargo en 1971, la Universidad de Columbia le otorgó el título de doctor honoris causa, y gestionó una nueva visa, pero condicionada, por lo que el escritor renunció y tras realizar un periplo por el sur de Estados Unidos vino a establecerse en México.

Era amigo cercano del periodista de Excélsior, Carlos Ferrerira Carrasco, quien lo presentó a mi Papá. También se hizo amigo de don Julio Scherer, director del periódico en ese tiempo. García Márquez, con otros amigos señalaban la importancia de ser corresponsal en el extranjero, ambos se conocieron en Cuba. Ambos lo convencieron de la necesidad de los nuevos periodistas de analizar lo que sucedía en México y Latinoamérica desde el extranjero. Esto le permitiría establecer las diferencias entre los países del Hemisferio y además le permitirían obtener muchos materiales para escribir historias y cuentos con acento más literario. A García Márquez no le gustaban mucho los intelectuales orgánicos, como les llamaba, criticaba  sus abstracciones y esquemas y aborrecía sus juegos mentales, pero su estadía como corresponsal del periódico colombiano El Espectador, le permitió comprender que Europa era un continente viejo, en decadencia, mientras que Latinoamérica, era lo nuevo, la renovación, lo vivo, decía entusiasmado. Siempre se negó a convertirse en parte del espectáculo, detestaba la televisión, los congresos literarios, las conferencias y la vida intelectual.

Fue así como éste gran contador de historias, genio de la literatura y reconocido por el mundo con el premio Nobel, será recordado. Se consideraba a sí mismo como uno de los seres más solitarios que pudiera conocer. Era un hombre de ojos melancólicos, como buen caribeño, amigo de la pachanga tropical, pero de mirada taciturna que cautivó y seguirá haciéndolo por generaciones a los amantes de la novela,  seguirá vivo por que como solía decir: La muerte no llega con la vejez sino con el olvido y el mundo nunca lo olvidará.

Los invito queridos lectores a acercarse a su universo y a ser felices por que como diría sabiamente también: No hay medicina que no se alivie con la felicidad. 

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