Orgullo al final del arcoíris

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PRAVIA 19 (septiembre – octubre 2015)

Por: Esther Bedolla Aceves

La palabra orgullo es muy peculiar: “alta satisfacción”, dice el diccionario. Es el sentido de dignidad y valor propio, es enaltecer quién eres y lo que has logrado. Es peculiar porque en algunos casos la palabra orgullo se usa para describir la arrogancia. Para ganarse la primera definición tan inspiradora, es necesario que detrás del orgullo se tenga un camino que no fue nada fácil de recorrer. Quizá por esa razón el orgullo gay lleva el símbolo del arcoíris; después de una larga historia de tormenta, aparece al final un arco de colores para anunciar tiempos mejores, y el orgullo de haber llegado ahí se celebra en grande dentro de la comunidad gay.

Desde 1830 obras griegas, romanas y persas destaparon al público el “amor griego” que es como denominaron la homosexualidad en aquel entonces. Antes de esto eran actos sin nombre ni definición, sentimientos desconocidos y psicológicamente bloqueados. Si eran destapados se juzgaban como a los herejes y las brujas. Treinta y cinco años después, un abogado alemán “salió del closet” por primera vez para convertirse en el primer gran activista gay de la historia, mostrándose sin éxito contra el artículo 175 que condenaba la homosexualidad.

No fue sino hasta la víspera del Siglo XX, que un grupo de personas en Berlín retomaran la lucha contra el artículo 175 y de paso informar a la sociedad sobre sexualidad, cosa que consiguió unir a la comunidad por primera vez y obtuvo el apoyo de simpatizantes de poder y renombre. Sin éxito y tras la muerte de sus fundadores, la llegada de Hitler al poder logró disolver las asociaciones homosexuales y mandó quemar toda publicación relacionada al tema. Los nazis creyeron tener la “cura” y mandaron a realizar, a lo largo de tres años, operaciones a homosexuales donde se extirpaban sus testículos y se sustituían por los de personas heterosexuales.

Los años que le siguieron fueron de intensas persecuciones, matanzas deliberadas y suicidios. La homofobia en la gente se convirtió en un acto común para no levantar dudas de su propia sexualidad y evitar ser juzgado como homosexual aun siendo heterosexual. Pronto publicaciones que mostraban la homosexualidad como una enfermedad y no un delito, ayudaron a detener las matanzas, pero crearon un nuevo problema que se arrastró hasta los setentas: la homosexualidad fue equivocadamente vista como un trastorno psicológico tratable. Quien no recibiera tratamiento era socialmente rechazado, tenían prohibida la entrada a diferentes establecimientos, y de rebelarse eran detenidos y humillados. El bar Stonewall sería el último en presenciar este tipo de discriminación cuando la comunidad gay se defendió en una escena de rebelión histórica.

Los acontecimientos de Stonewall movilizaron no solo a los involucrados, sino al resto de la comunidad mundial gay y gay-simpatizante, que lo presenció por los diferentes medios. Gracias a esto, un año después en Nueva York se creó la primera marcha de liberación, que finalmente ayudó a crear una comunidad segura y abierta.  Hoy en día alrededor del mundo se realizan marchas anuales de orgullo gay, con el objetivo de celebrar los avances logrados en derechos civiles, humanos y aceptación social. Este año la celebración fue más grande que nunca con la reciente aprobación de las leyes de igualdad, que reconocen a la comunidad gay en todo Estados Unidos y varios países de los cinco continentes.

La ciudad de León desde hace algunos años se unió a las celebraciones con su propio desfile de orgullo gay que va creciendo en popularidad. Sea cual sea la preferencia sexual celebramos juntos como humanidad. Durante el mes de julio se despliega un gran arcoíris en el cielo anunciando el desfile que respira libertad, auto-aceptación y aceptación a otros, respeto y sobre todo ORGULLO de ser quien sueñas ser y vivir como decidas vivir.

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