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¿QUIÉN FUE “EL PADRINO” MEXICANO?

Fundador de un culto asesino de magia negra

Traficante de drogas, líder de una secta religiosa, estafador y asesino, el hombre conocido con el alias de ‘El Padrino’ llegó a ser “el más perseguido” por las policías de México y EE.UU.

Por Pravia.

De padres cubanos refugiados en Florida, Adolfo de Jesús Constanzo aprendió desde la infancia dos cosas: a robar y a seguir los ritos de un culto de santería denominado Palo Mayombe. A temprana edad, Adolfo se hizo amigo de un sacerdote del citado culto, quien le enseñó las habilidades necesarias para “sacar provecho del diablo”; dotes que por lo visto le permitieron no sólo hacerse narcotraficante y estafador sino iniciar una auténtica carrera oscura.

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En su adolescencia temprana se limitó a asistir a bares gays, cometer pequeños delitos y robar tumbas. En 1983 se asentó en la Ciudad de México, donde llegó a ser a un mismo tiempo secta y poderosa banda criminal. Tras perpetrar numerosos delitos y asesinatos, buscó evadir a la policía escondiéndose en una costosa propiedad de las afueras de esa capital, hasta que el destino le jugó en contra.

Era el año de 1989 y Constanzo, que recién cumplía 26, al verse perdido le pidió a uno de sus secuaces que le disparara y lo matara. Lo que ocurrió durante esos 26 años es una historia digna de película de Tarantino.

En aquél 1983 reclutó en México a sus primeros discípulos: Martín Quintana y Omar Ochoa, a los cuales luego fueron sus parejas sentimentales. En total alcanzó a contar con unos 30 devotos, entre ellos traficantes de narcóticos, jefes del crimen organizado y altos funcionarios de la ley, a los cuales prometió que serían completamente invulnerables a las balas y que tendrían el poder de hacerse invisibles ante los policías.

MATANZAS EN SERIE

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Dentro del rancho Santa Elena, Constanzo prometió a sus adeptos que serían totalmente invulnerables a las balas y que tendrían el poder de hacerse invisibles si seguían al pie de la letra sus instrucciones.

Para evadir el acoso policial, pero también para expandir su poderío, el joven consideró que su secta requería una sede más amplia y se instaló en Rancho Santa Elena, propiedad que pertenecía ‘los Hernández’, una dinastía de traficantes de drogas, en las cercanías de Matamoros (Tamaulipas). Desde allí, Constanzo logró una participación mayor en el tráfico de drogas ilegales y prosiguió sus asesinatos rituales, siempre aderezados con torturas y desmembramientos.

Lo cierto es que él y sus seguidores fueron hallados responsables de por lo menos 16 asesinatos rituales que incluyeron torturas y mutilaciones.

Entre sus víctimas documentadas figuran tanto personas inocentes como rivales del culto y del negocio de las drogas. Los cadáveres, o sus restos, eran enterrados en el patio del rancho. Si a la secta le faltaban ‘ingredientes’ para un ritual, Adolfo enviaba a sus adeptos a abrir tumbas y sacar de los cuerpos lo que hacía falta.

Las cosas sólo se le empezaron a complicar al jefe cuando pidió a sus adeptos que secuestraran a un gringo para un importante ritual. En cumplimiento de la orden, capturaron y secuestraron a Mark Kilroy, un estadounidense de 21 años que estudiaba medicina en la Universidad de Texas. Pero su asesinato se convirtió en una pesadilla para toda la secta pues, apenas desapareció, los padres de Kilroy removieron cielo y tierra para dar con su paradero.

Kilroy no aparecía por ninguna parte. Pero, completamente ajenos a ese hecho, unos patrulleros de la policía mexicana decidieron un día cualquiera, montar un rutinario puesto de control en carretera para inspeccionar coches, captar gestos nerviosos o sospechosos, atrapar delincuentes, etcétera.

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La búsqueda comenzó

Se pararon casualmente en el camino que conducía al Rancho Santa Elena. De pronto hubo un auto que evadió el control y no se detuvo, y los agentes lo siguieron. El vehículo, conducido por Serafín Hernández García, uno de los secuestradores de Kilroy, condujo a la Policía directamente al rancho que era sede del culto y refugio de asesinos.

Los patrulleros no entraron, pero investigaron por algunas horas el lugar y reportaron “movimientos extraños” dentro de la propiedad. El 9 de abril un grupo de asalto irrumpió en Santa Elena y capturó a casi toda la cúpula de la secta.  Aunque no encontraron allí a Constanzo, los agentes hallaron el cuerpo de Kilroy y también 15 cadáveres enterrados en el patio, además de una gran cantidad de cocaína y marihuana y algunas armas.

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Los registros inician con el descubrimiento de quince cadáveres mutilados.

EL FINAL

Finalmente, un mes después, el 6 de mayo de 1989, fuerzas policiales acorralaron a Constanzo junto con varios de sus seguidores -entre ellos los ‘fundadores’ Martín Quintana y Omar Orea- en un lujoso departamento de la Ciudad de México.

Determinado a no ir a prisión, Constanzo primero ordenó a sus seguidores lanzar por las ventanas puñados de dólares para distraer a los policías. Pero cuando entendió que no podría escapar, fue entonces que le exigió a uno de sus discípulos que le disparara a él y también a Quintana. Cuando la policía finalmente irrumpió, los dos estaban muertos.

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Adolfo Constanzo junto a su amante y cómplice Martin Ochoa

Los supervivientes, junto con otros 12 miembros del culto, fueron procesados por numerosos cargos, que incluyeron asesinatos múltiples, violaciones, posesión de armas y narcóticos, conspiración y obstrucción de la justicia.

Vía Criminalia

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