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ARTISTAS EMERGENTES… ¿SEGÚN QUIÉN?

Las galerías cada vez son más pobres, los nuevos artistas enfocan más su carrera en dar entrevistas y hacer contactos, que en ponerse a estudiar. ¿Por qué no pasan de llenar un bar?
¿Por qué son pocos los que se atreven realmente a ofrecer algo diferente?
Hay cantidad, no calidad.

Por Miguel Gómez del Campo.

El arte emergente es una categoría inventada por una red de relaciones públicas donde participan artistas nuevos, curadores, espacios de exposición, ferias de arte, medios de prensa, coleccionistas, mecenas, las familias, fundaciones, la tiendita de la esquina, el bar de enfrente, Instituciones, ONG’s, y empresas para velar por la permanencia del sistema del arte basado en transacciones comerciales y especulativas.

El complejo que tiene el “artista nuevo”, es que no acepta la idea de ser mercancía. Como una paleta, un pedazo de carne o un chicle, el artista es un negocio de cambio. La mayor fuente de renovación del arte emergente, y los más vulnerables dentro de este sistema son las nuevas generaciones de artistas, mientras que los más beneficiados de este invento son los que se mantienen por años en espacios de poder; teóricos del arte y curadores consagrados, museos, galerías comerciales, coleccionistas, y editoriales dedicadas a difundir lo que sea.

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Las credenciales de las bandas nuevas se rigen solamente con lanzar un LP/EP, tocar en un bar, y alinear en un festival mediano.

Un día, por fin el artista emergente aceptará su artística rebeldía bajo unos límites predeterminados que le permitan especular con su trabajo, al mismo tiempo de preservar las relaciones diplomáticas con quienes ponen el billete. El arte emergente es un negocio que no siempre genera retribuciones económicas para los artistas, muchas veces son solo simbólicas.

En los países donde no existe un mercado bueno para el arte, como en México, sólo se le puede ofrecer a los artistas el posicionamiento de su obra y de sí mismo dentro de una escena, o reconocimiento social, percepción de éxito, alguna que otra subvención o compra de obra y la promesa de algún día llegar a vivir de aquello que produce. Además de un chingo de aplausos.

EL ARTISTA EMERGENTE ES UN ETERNO PRECARIO.

En estos contextos que carecen de mercados del arte, los únicos beneficiados a costa del tiempo y la creatividad del artista, son toda la banda que se encarga de hacer al artista emerger; el curador mantiene su estatus, académicos, teóricos, periodistas y críticos tienen sobre quién escribir, el museo cuenta con una producción fresca para armar su programa, las ferias de arte y galerías comerciales renuevan su stock periódicamente, los coleccionistas tienen con quién especular, etcétera.

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Sin llorar. No digo que en la historia del arte todo artista emergente haya sido producto de esta red de relaciones basadas en transacciones especulativas. Hay excepciones, y generalmente son de las que más se habla. Sin embargo, dentro de estos sistemas, el artista emergente no es una pobre víctima.

El artista decide ser emergente, y ese es pedo de él. Pero para serlo hay que tener muchísimos huevos, energías puestas en ello. No sólo es cosa de juntarse entre semana a ensayar las mismas rolas que tocan siempre. estar al tanto de las nuevas tendencias internacionales, saber lo que se vende en el mercado, conocer y comprender la producción artística de generaciones anteriores, asistir a inauguraciones, hacer lobby y contactos, ESTUDIAR, tener hasta un discurso intelectual, blog o página web, cultivar un look, aceptar ser excluido, permitir que le roben, conocer el recorrido de espacios de exposición que hay que hacer para emerger, y quizá lo más difícil de todo conseguir un aplauso honesto.

Hay una plusvalía muy cierta que pocos aprovechan con el arte emergente, y es que se relaciona con lo “joven”. ¿Qué pasa si a los 50 años quieres empezar a hacer arte? ¿Estás obligado a tocar en bares? ¿Nadie te escribirá una nota de prensa? ¿Nadie comprará lo que produces? ¿Nadie te dará una beca de creación porque ya has pasado el límite de edad? Parece que ya es demasiado tarde para ser taquillero. Mientras más joven se “descubra” a un artista, más larga será la vida útil del beneficio, más tiempo habrá para la especulación y las inversiones a largo plazo.

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La eterna emergencia por emerger y ser reconocido.

Existen muchos artistas que no les interesa en lo más mínimo pertenecer a la escena de los emergentes, sino que prefieren ser “sumergentes”. Que son grupos de artistas en los que la creatividad y el uso de herramientas del arte tienen un rol indispensable, pero no en la creación de obras, sino en la construcción y participación en procesos sociales.

Estos artistas conforman comunidades, dejando de lado su individualidad, la creación de un sello personal y la lógica de la competencia, para formar parte de un cuerpo social que se sumerge en procesos creativos que apuntan a mejorar sus condiciones de vida y alcanzar la autonomía. El trabajo se fundamenta en la interdependencia con otros, no entran en la tipología pendeja del “soy artista” que comienza desde cero y consagra su carrera luchando.

Tener talento es un estado mental degradante, en el uniforme de la mediocridad, pues, ser genial no es un regalo divino, es resultado de educación y trabajo, la insistencia de desmitificar el talento es un abuso igualitario e irresponsable. La igualdad obligada es síntoma del fracaso. Mientras el talento es el valor del artista, si ese artista no ofrece nada nuevo y con fundamentos, seguirá en el intento emerger.

¿Será que vivimos entre artistas analfabetos? Porque Sentirse artista es mucho más fácil que realmente serlo.

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