ANDRÉS CAICEDO: UN ESCRITOR ADOLESCENTE

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Por Laura Itzel Domart/@itzeldomart

Calicalabozo

Andrés Caicedo

Bogotá, Colombia

Editorial Norma, 2003.

La angustia adolescente es letal para los seres humanos con el ritmo desprevenido, como el de los jovencitos que se dejan envolver en la piel de otro héroe, aquel que decidió saltar al vacío para evitar repetirse a sí mismo. Es la piedra sobre nuestros hombros, el camino hacia Ítaca, el viaje por el mar profundo. Una suerte de destinito fatal, en el que la muerte (el suicidio) es la mejor manera de impedir el tedio; o de lo contrario, será necesario sostener la fatalidad de una vida bajo el mandato de la buena fe (la cobardía de los bienaventurados).

Este es el preámbulo al tormentoso mundo de Andrés Caicedo (1951-1977), el jovencito eterno. Pero bien puede ser la imprecisa descripción de la obra (vida) de un hombre que decidió morir a los veinticinco años para evitarse la desesperación que le causaba habitar el mundo. Ese hastío de los días idénticos en Cali (y en cualquier lugar): “una ciudad que espera, pero no les abre la puerta a los desesperados”. Ese miedo a la monotonía es acaso uno de los temas de Calicalabozo (Norma, 2003), una compilación de cuentos de este precoz escritor colombiano.

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“Bienaventurados los imbéciles, porque de ellos es el reino de la tierra”

 

Sentencia el epígrafe de “Infección”, el primer cuento de Calicalabozo. En él, Andrés Caicedo marca los ejes de su obra: amor y odio por Cali, su ciudad natal. (Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. […] Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Odio a mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad.) Una combinación de obsesiones, rencores y amores desesperados.

En “Besacalles”, la protagonista se desenvuelve con soltura por las calles de Cali, las galladas y los sonidos bestiales. Bajo esta brutalidad, tendrá un encuentro sexual con un hombre que descubrirá algo en ella que lo hará huir aterrorizado. De este modo, el lector recorre los bajos mundos de una ciudad que espera algo, sin saber qué. Una ciudad odiosa, a la que sus personajes habitan con desesperación. Pues el mundo caicediano habla de eso, la iracunda marginalidad. Una especie de locura que viene a bien representarse a sí misma a través de una juventud plagada de drogadictos, pobres, suicidas, travestis, homosexuales.

El mundo caicediano es casi tan breve como el de Rimbaud, pues sus páginas están invadidas de adolescencia existencial. Tanto en Calicalabozo como en su novela ¡Que viva la música!, se expresa una afición por el suicidio como un eficaz antídoto para perdurar en el tiempo, para eternizar la juventud. La vida de Andrés Caicedo es una temporada en el infierno: 25 años de bestialidad habitando Cali ─la ciudad caníbal─.

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Caicedo fue uno de los personajes más destacados del Caliwood, un grupo de jóvenes artistas en la década de los sesenta, quizá por su prolífica obra (entre guiones de teatro, críticas cinematográficas, novelas y cuentos) o por puro truco mercadotécnico del eslogan forever young (Valeria Luiselli, dixit). Esto, sin restar méritos a una generación (Caliwood) que, sin duda, fue fundamental para la cultura contemporánea de Colombia. No obstante, lo que es innegable es que el autor de ¡Que viva la música! marcó las pautas de la literatura de lo urbano, con esa afición tan suya por el universo callejero, al que siempre quiso pertenecer.

En “Calibalismo”, por ejemplo, el protagonista se pregunta por las múltiples formas de devorar a una persona. Este exceso de violencia exhibida es, acaso, el antecedente de la pornomiseria cinematográfica a la que aludirían posteriormente sus contemporáneos, los cineastas Luis Ospina y Carlos Mayolo.  Es decir, una especie de espectacularización de la marginalidad latinoamericana.

En medio de un contexto desolador, el período de posguerra y las dictaduras latinoamericanas, Caicedo era ya un joven atormentado por la vida. Encerrado en una habitación vacía, repetía una y otra vez una misma película. El cine, otro de sus temas favoritos, está presente en historias como “El espectador” o “Destinitos fatales” pero a ambas las une algo más que el séptimo arte, es la imposibilidad de hablar con los otros, pues para sus protagonistas es más fácil imaginar lo que dirían a sus interlocutores que decírselo de frente. Sin embargo, eso es el universo caicediano: una celda a la que la asiste la ficción y la brutalidad.

 

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