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COMO SIEMPRE

Por Luis Mario Chagoya

Lo había perdido todo, otra vez. Tendría treintaipico, pero a esas alturas ya me sentía como un veterano. Un perdedor profesional.

Sofía se hartó de mí, como lo hacen todas, y se llevó mis libros y hasta al perro. Es decir, todo. Al menos llevaba conmigo los libros de mi mente; pero esos ya no me importaban. Lo del perro, si me dolió. Se llamaba Pancho. Aquel perro que te miraba como si te entendiera, que no te juzgaba, y que era feliz con tu mera compañía y unos huesos de pollo.

A veces nos sentábamos en la entrada de la casa a ver a la gente pasar. Nadie nos volteaba a ver, por feos; pero en aquella fealdad compartida estábamos acompañados. Juzgábamos a la gente que pasaba, y les inventábamos vidas probablemente más interesantes que sus desabridas historias.

“¿Ya viste a esa señora, Pancho?
Dicen que de joven era actriz.
Que estaba guapísima.”

Pancho la miraba con cara de
Ah mira, quien lo diría”,
y así nos pasábamos la tarde.  

Pero Pancho ya no estaba. Bajé a caminar al parque donde solíamos ir a pasear, un par de vecinos me preguntaron por él. Me dio gusto que se notara su ausencia. Me pregunté si la mía se notaría el día que faltase.

Por alguna razón, el tiempo libre del fin de semana se anticipaba insoportable y apenas era viernes. No tenía nadie con quien salir, todos mis conocidos estaban ya casados y con hijos; los que no, estaban en prisión o muertos. Como siempre, era un rezagado.

En otra época hubiera llamado a alguna chica fácil conocida y nos hubiéramos emborrachado en casa, pero cuando hacía eso, siempre despertaba odiándome. Hasta los vicios pierden su encanto.

Desde joven romanticé las tardes sentado en la barra de un bar, contándole mi historia de vida al barman y rechazando ofrecimientos de prostitutas.  Lo fantaseaba porque lo había visto por años en las películas, me parecía interesante, pero en la vida real era patético.

El barman era normalmente un tipo fastidiado que odiaba su vida y tampoco se interesaba en la mía. Las putas, me causaban tristeza. La música, asquerosa; no te dejaba escuchar ni tus propios pensamientos.

Así de mal la pasaba y de todos modos volví. Había un bar que me gustaba a dos cuadras de casa. No era tan de mala muerte, ni tampoco era pretencioso. La música era buena y cada quien manejaba sus propios asuntos. Creo que se llamaba: el Gallo Sabio.

A pesar de la hora, estaba tranquilo. Había solo dos mesas desocupadas. Tomé una de estas; detrás de mí había un grupo de chicas jóvenes, de esas que se ríen por todo. Al otro lado mesa, una pareja rockera ya mayor.

La mesera se acercó. Pedí un whiskey en las rocas, encendí un cigarrillo y relajé el cuerpo. Me di cuenta que no me había cambiado desde que salí al parque. Llevaba unas bermudas, unos converse y una playera que decía “ROCKSTARS NEVER DIE”.

¿Qué me pasó? Recuerdo que cuando era joven nunca salía de casa sin ducharme y vestirme para la ocasión. Bien perfumadito y combinado. Uno no sabe lo que le puede llegar a pasar. Generalmente no pasaba nada.

Hoy no importaba. Ni siquiera me sentía melancólico. Sofía y Pancho ya no estaban y esto ahora era así. El whiskey es siempre un buen amigo y me sentí plácido y tranquilo en mi soledad. Si algo me habían enseñado los malos días, y vaya que los había habido; es que no me mataban. Hoy era un día malo más y no pasó nada, como siempre.

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