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Habitación 333

 

Por Missael Delgado

 

Los hospitales ponen viejos a la gente”, le dije. Abrió los ojos cansados, amarillos, y me miró…

“Estoy viejo, ¿sabes qué edad tengo?”, me respondió, con su boca seca y los labios blancos y pálidos. Quise recordar su edad, pero ni siquiera podría recordar su cumpleaños. Observé la pequeña habitación y busqué un lugar donde sentarme, estar ahí me hacía sentir débil.

 

“Te van a operar, ¿verdad?”, le pregunté después de varios minutos de silencio, en los cuales revisé a lo tonto mi celular, me quité el abrigo, me lo volví a poner, revisé mi celular de nuevo y bostecé. “Sí”, respondió con su voz seca, “mañana temprano, pero con la actitud de los doctores, quizá tarden más…

 

¿Te conté alguna vez que tu abuelo murió por negligencia…” No pudo terminar de contarme, pues la enfermera entró a revisar su presión, ponerle un termómetro en la axila y administrarle medicamento con unas enormes jeringas que bien podrían almacenar medio litro de whisky.

 

Unos minutos más tarde, cuando la enfermera salió de la habitación, abrí la mochila que llevaba conmigo y saqué un sobre blanco. Lo miré por un momento y se lo entregué. Antes de observar lo que le entregaba, mi padre posó su mirada fijamente en mí por un eterno momento. Era muy fácil adivinar el desconcierto en sus ojos y las palabras que se le atoraban en la garganta; pasaba saliva constantemente.

 

“Mi mamá me pidió que te la diera”. Mientras le decía eso, me levanté de la silla, dispuesto a irme, pero mi padre se reanimó por un impulso inconsciente y me tomó del brazo. “Espera porfavor, siéntate, creo que hay algo que debo decirte”. El corazón se me aceleró en un instante y el cuarto se volvió muy pequeño –medía dos metros por dos-, asfixiante. Me senté de nuevo junto a su cama, y lo observé retomando aire, con las manos inquietas. Estaba nervioso.

 

Hace muchos años que no veía a mi papá. Veinte para ser exactos. Se divorció de mi madre y se fue con otra mujer con la cual tenía una casa, y un bebé al cual educar. A veces llamaba a mi madre por uno o dos minutos; preguntaba por mis hermanos, por mí, avisaba que el dinero estaba depositado y colgaba.

 

De unos meses para acá ha estado entrando y saliendo del hospital por problemas respiratorios; hace unos días le detectaron cáncer en un pulmón. Nunca en su vida toco un cigarrillo, así que la noticia fue desconcertante.

 

Mi mamá me tuvo que rogar de una manera exagerada que lo visitara, que me dejara de cosas y me portara como un adulto. Así que aquí estoy, sentado junto a la cama de mi moribundo y desconocido padre, a punto de escucharle un sermón de arrepentimiento y compasión. Comenzó a hablar.

 

“Mira hijo, está de más pedir disculpas, pero sería un pendejo si no te dijera que me arrepiento de cómo sucedió.”

Sé que a estas alturas puedes entender que había razones de sobra por las que que tu madre y yo debiamos seguir nuestras vidas por distintos caminos. Nunca supimos cómo explicarles lo que sucedía, sobre todo a ti, que resultaste más afectado.

 

Todo pasó tan rápido. Con la decisión tomada, elegí huir de todo lo más pronto posible. Ahora, aquí en una cama fría y con la noticia de mi enfermedad, paso los días reflexionando, pensando sobre mi vida, y lo que más me aturde, es esa etapa, no me deja estar en paz, por eso era necesario que vinieras, quería verte en persona, conocer a mi hijo…”.

 

“Pero yo no”, le interrumpí, “sigo sin conocer a mi padre y estoy bien así”. Salí apresuradamente de la habitación, tan rápido que la charola de su comida se derramó por el suelo. Mientras esperaba el elevador, se escuchó la voz de una enfermera por un altoparlante, pidiendo la asistencia de un doctor urgente a la habitación trescientos treinta y tres. Esa era su habitación. Subí al elevador y salí del hospital.

 

Una hora más tarde, mi madre, entre llanto, me avisaba por teléfono el fallecimiento de mi padre.

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