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REENCUENTRO A PRIMO TAPIA

Por Loayzar M. Sánchez

Qué placidez traen los recuerdos de una infancia llena de colores en un pueblo tranquilo y familiar. Un lugar donde lo único que puede embriagar el alma, es la brisa marina que entra por la puerta que el mar le ha regalado a todo lo ancho del ejido.

Después de haber vivido en este bello lugar escondido en la mitad del camino entre Rosarito y Ensenada desde los siete, hasta los doce años, y haber regresado después de años; me hizo apreciar cómo el tiempo se había encargado de añejar los colores, olores, sabores, texturas y ambientes en este bello lugar.

Fui de visita a casa de mis tíos a los que tenía tanto tiempo sin ver como a este lugar.

  • ¿Por qué se ve tan pequeño el pueblo?

Fue lo primero que vino a mi mente y salió de mi boca cuando noté que después de tanto tiempo, aquellas distancias que a los siete años cansaban mis pequeñas piernas en el ir y venir de la escuela a mi casa, no eran más que un simple par de cuadras que podría rodear ahora en pocos minutos. Tiempos en los que mi madre cargaba mi mochila mientras yo buscaba en el interior de mis bolsillos tres tazos que aseguraba multiplicar durante el receso.

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La nostalgia me atacó después de ver a mis viejos parientes que recordaba sin canas; notar cómo el tiempo había allanado la juventud de sus vidas y les había dejado sólo una piel, floja y con menos brillo del que yo recordaba. Una vista nublada por parpados caídos y una carga de quién sabe cuántas culpas encorvaba sus espaldas.

Ver a mi tía abuela fue devastador. Percatarme de que el tiempo, como el puntual ladrón que es, había reclamado el brillo de aquellos hermosos ojos color miel claro que me recibían a los nueve años con una taza de café. Lo habían cambiado por unos ojos café pastel que me recibían de nuevo con una taza de café, pero esta vez con sabor a jabón para platos. Sabor que delataba, que su memoria y gusto habían sido afectados también. Esas manos que antes recordaba ágiles, hoy me invitaban con lentitud y temblantes a entrar a su recámara. Lo único que no había cambiado, era el televisor y los mismos programas que en aquel entonces nos divertían tanto.

Después de un rato con ella, decidí despedirme para dejarla descansar e ir al mirador que estaba a pocos metros de su casa. Una ventana hacia el mar de Primo Tapia, rodeada de un verde selvático que se mezcla con el fino aroma a un mar tranquilo, un mar del que desconocía si me saludaba, o se despedía de mí.

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Así fue mí reencuentro con Primo Tapia. Con una nostálgica felicidad que me llenaba los ojos de lágrimas que no molesté en dejar caer, frente a una puesta de sol a las ocho con treinta.

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