ROSITA

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Por Luis González

No, que ya no hay nada más por hacer. Nos dijo el doctor que ora está todo invadido de cáncer en sus pulmones. Ya ni con tratamiento o quimioterapia se puede lograr algo.

Se escucha una voz al fondo del teléfono.

– Vengo de regreso de la clínica, orita que llegue a la casa te marco.

Rosita cuelga y permanece en silencio con la mirada perdida hacia el camino.

– ¿Se va morir mi abuelito Mami?

Se escucha la tierna voz de una pequeña en la parte trasera del auto. Rosita sin voltear le contesta después de una larga pausa.

– Alomejor mija, sí alomejor.

Hubo un silencio profundo. Rosita al parecer finalmente aceptaba y dejaba ir a su Padre. Tomo un gran suspiro apretando los labios mientras que sobre el asiento trasero, se cristalizaba un recuerdo que acompañaría a aquella pequeña por siempre.

– Ahora nos toca demostrar de que estamos hechos joven. Platicaba Rosita mirando al frente. Yo soy la mayor de tres hermanos y no me puedo doblar. Así como me ve de pequeñita, mi hermano tiene 28 y mide casi los dos metros. Imagínese cuando me abraza el grandote desgarrado en llanto. Se ve bien curioso, pero a uno le toca ser el fuerte. Ya luego uno llora solo pa seguirle.

-Si uno no se levanta joven, pos ahí se queda. Me toca sacar la cresta por mi niña y mis hermanos. Imagínese si me quiebro yo, los otros cómo le hacen.
Rosita permaneció en silencio con la mirada perdida sobre las luces de la ciudad por el camino.

– Ahorita ya solo quiero llegar a echarme un baño de agua caliente y a tratar de descansar. Ya mañana nos entregan a mi papá de la clínica y lo vamos a llevar ya a su casa, así malito. Ya mejor que el señor se lo lleve ahí mismo, en su cama.

Notaba cómo soportaba el dolor Rosita y su urgencia por llegar, dar de cenar, acostar a la niña, para lograr por fin desgarrarse y llorar en la regadera a solas su duelo.

– Ya falte 2 días al trabajo. Ya no puedo seguir faltando. Luego ora menos con tanto gasto. Y ora lo que se vienen del funeral.

Llegamos a una colonia humilde pero bien iluminada y pavimentada en las afueras de la ciudad.

– Aquí mero está bien. ¿Cuánto le debo joven? Pregunta Rosita al llegar a su domicilio.

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