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SUICIDIO, AMOR Y POESÍA: LA VIDA DE ALEJANDRA PIZARNIK

Por Francisco J. Ruiz

Leer a Alejandra Pizarnik es sumergirse en agua helada. Sus palabras hieren porque son capaces de decir lo que hemos callado: el amor es complejo, una suerte de ruleta rusa en la que casi todos hemos perdido.

Nacida en 1936 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, hija de padres judíos de origen ruso y eslovaco, Pizarnik vivió envuelta en sentimientos de insuficiencia. Los estereotipos de belleza, los parámetros del éxito y la indescifrable cuestión amorosa hicieron de su vida un ir y venir de emociones.

Publicó su primer libro a los 19 años, titulado La tierra más ajena. Desde entonces se atisbaba el personaje que la habitaba: el lenguaje como un monstruo que comenzaba a devorarla.

Su muerte, por decisión propia, llegó un 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, tras ingerir 50 pastillas de un medicamento para suprimir la actividad cerebral a través de la inhibición del sistema nervioso: la angustia y la ansiedad fueron sus más grandes enemigas.

Y en sus letras descubrimos el dolor, la desesperación y el temor. Cada elemento atravesado por el amor y su dedicación (y obsesión) por el lenguaje.

Es por eso que ahora compartimos cinco de sus poemas que nos ayudarán a entender su sentir:

Pizarnik 1

18

Como un poema enterado
del silencio de las cosas
hablas para no verme

 

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No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiero decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.

 

La enamorada

Ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

 

Quién alumbra

Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.

 

Te hablo

Estoy con pavura.
hame sobrevenido lo que más temía.
no estoy en dificultad:
estoy en no poder más.

No abandoné el vacío y el desierto.
vivo en peligro.

tu canto no me ayuda.
cada vez más tenazas,
más miedos,
más sombras negras.

 

Alejandra Pizarnik nos ayuda a revelar emociones que no lográbamos descifrar. Su obra trasciende y transforma a quien la consume. Se rumora que en la habitación en la que se encontraba al momento de su muerte, fue encontrado un pizarrón donde se podía leer lo siguiente:

 

no quiero ir

nada más

que hasta el fondo.

 

 

 

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