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¿Se había ido el grunge? Una noche con Pearl Jeam en la CDMX

“I know someday you´ll have a beautiful life
I know you´ll be a star in somebody else´s sky
But why, why, why can´t it be, can´t it be mine?
“Black”, PJ.

PRAVIA 21 (Enero – Febrero 2016)

Por: Oliverio Pagola

Tal vez la primera vez que fui a un concierto en el entonces Autódromo Hermanos Rodríguez (Foro Sol) fue en 1994. Pink Floyd desplegaba sus cerdos por los cielos del oriente de la Ciudad de México, que adornaban a un Gilmour y compañía por los escenarios sonoros de toda su colección musical. De ahí a la fecha he tenido la fortuna de ver a muchos grupos de rock y festivales como el Vive Latino. Recuerdo que en el reencuentro de Caifanes en dicho festival el conteo final de fans era de cerca de 75 mil personas. Nunca había visto nada igual.

Siempre la vida te sorprende. Ese fue el caso del mítico concierto que dieron los oriundos de Seattle, Washington, el pasado 28 de noviembre en el Foro Sol. La peregrinación inició en La Roma. Fans y amigos del alma se descolgaban desde Chiapas para ver a Eddie Vedder, Stone Gossard, Matt Cameron, Jeff Ament y Mike McCready rockear por más de tres horas. Esta banda sí que rockea y fuerte.

Es extraña la conexión de este grupo con la fanaticada de por acá. No miento, nunca había visto tan prendido al Foro Sol de principio a fin. El momentum también ayudó, los ataques terroristas en París estaban a flor de piel. Después de un ritual largo y paciente, con un sonido excelso, los acordes de “Imagine” se hicieron presentes y entre encendedores y celulares el clímax del concierto hacía gala de presencia. No podría describir la euforia al escuchar “Jeremy” o “Even Flow”, “Given to Fly”, “Do the Evolution”, “Black” y una serie de grandes canciones, mejor aún ejecutadas. La banda no dejaba de corear todas las canciones, de gritar hasta el cielo, de hacer headbanging, de volver por unos cuantos minutos a ese lugar en donde nos veíamos crecer acompañados de esta gran banda que tenía una rabia por decir las cosas y por expresarse. Nosotros también lo hacíamos, aunque no fuera requisito tener un par de botas de leñador, unos jeans rotos y viejos, una playera blanca y una camisa a cuadros de franela amarrada a la cintura. Todavía me retumban los acordes de “Given to Fly” in crecendo, hasta llegar al grito total de liberación. Eso es puro y absoluto Rock n Roll.

¿Cuál fue el mejor momento de la noche? Difícil decisión. ¿Por qué habrían pensado algunos que el grunge ha muerto? No me dejaré mentir, pero tal vez mi mejor momento sea este: subirme al escenario del Crocodile en Seattle, -el Rockotitlán de México, pedir “Wishlist” de Pearl Jam al DJ local y cantarla a todo pulmón sabiendo que una de mis bandas favoritas lo habría hecho años atrás en ese mismo escenario tan pequeño pero tan grande a la vez.

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