MARCEL PROUST: EL ORIUNDO DE AUTEUIL, PARÍS

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Por Juan Rey Dux

Siendo finales de año, conmemoramos a uno de los literatos más grandes (sino es que puede que el más) que ha dado la corriente francesa de los siglos XVIII y XIX –y también de las centurias venideras-. El oriundo de Auteuil, Paris. Valentin Louis Georges Eugene Marcel Proust.

Mejor distinguido universalmente como Marcel Proust. Novelista, ensayista y crítico literario; arquitecto de una de una de las obras en papel más excelsas de la posteridad literaria: “En busca del tiempo perdido” (Á la recherche du temps perdu). Construida en siete piezas entre los años de 1913 y 1927. Ha dado permeabilidad en áreas del arte como la literatura, la filosofía, etc.

La osadía y virtud de la que hizo Proust para la ingeniería de su libro-magistral data de una meditación hacía dentro de uno mismo, moviéndose sobre su pretérito para poder resarcir eventualidades diáfanas, así como percepciones. Logrando una narrativa para consigo: funcionando como relator ubicuo y fusionándose en lo autobiográfico. Engendrando un modelo quimérico-narcoléptico suigeneris. Se volvía un avant garden. Logrando que todos los sentidos de los que somos provistos otorguen riqueza existencial, sin jerarquizar ninguna.

Permeado por corrientes como el impresionismo, el simbolismo, era agente de una maquina-corpórea que consiguió entrenar durante mucho tiempo. Se resguardó durante años en su departamento en Paris; durmiendo en el alba  y trabajando en el crepúsculo. Proust contaba no sólo con su alta intelectiva (consiguió hacerse de tres licenciaturas); sino también con una tenacidad que se preparaba en todo momento para lograr escribir una novela de cánones épicos, y que fue la que le ocupó los últimos catorce años de su vida; que por supuesto obtuvo con creces si es que duda cabe.

De igual modo esa desmesura se manifestaba en su línea de vida sexual. Visitando saunas y prostíbulos con la finalidad de satisfacer su avidez. Comprando compañía para ser sodomizado y con una retahíla de amantes. Pero que por su puesto el gran amor de su vida, habría de ser su chofer el cual pierde tras un accidente aéreo. Así mismo era evidente también su terquedad autopublicando su libro tras el rechazo de varias editoriales.

Su narrativa se mueve en lo moroso y profundo. Es cierto que utiliza desde todos las vertientes el subjetivismo, lo vuelve un cristal que mira el acontecimiento en todo momento desde todos los puntos diversos posibles. Pero su manejo peculiar, oscilará desde la temporalidad protéica de la consciencia, vista desde el concepto de duración de Henri Bergson.

De otra manera Proust se desenvuelve desde el monólogo indirecto con el que fabrica una narratividad presente en todo instante. Pero que no por ello lleva una articulación causa-efecto, sino disruptiva y de cisura. Aboliendo esos dos aditamentos que se mantenían en boga (la analepsis, y el flashback), así también un proceso lineal que no funciona en la escritura proustiana. De igual forma maneja la diversidad de diálogos pero ubicados en el mismo espacio-tiempo.

Es obvio, que en la actualidad personalidades como las de Marcel ya no se incuban en este sistema. ¿Rayando en lo ridículo, mustio, jugador de una doble moral? Es claro que puede que haya tenido erratas el maestro de “Á la recherche… “ pero eso tan sólo suma, pues aunado a su baquiano hicieron de él el artista entregado a su placer más poderoso, más insondable que literalmente le llevó la existencia: escribir.

Hace más de noventa y seis años recordamos a un individuo que excretó vida por doquier de una forma bastante singular, y por ello es que logró su paso a la historia de los indestructibles. No sólo un autor, sino un ejecutor.

Imagen destacada: Fernando Vicente

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