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JACINTA Y LA MUERTE

Por Daniela Fernández

Hace muchos años en una tierra sagrada establecida sobre una laguna vivió una mujer llamada Jacinta. Cuando ella nació, la luna estaba en el monte perfectamente alineada con la cima; ella no lo sabía, pero este era el cierre de un ciclo místico milenario, el cumplimiento de una profecía.

Jacinta tendría el poder de conocer como perdería la vida todo ser que se cruzara en su camino. Lo que para muchos sería un don, para Jacinta se convirtió en una maldición. Aunque la Muerte siempre andaba tras de ella, Jacinta nunca la reconoció, por ello, la Muerte, en su afán de ser protagónica una noche la embosco de frente:

  • Buenas noches Jacinta. ¿Cómo te va? ¿Me ignoras aún?

 Lo que darían tantos por verme y tú que siempre me traes pegadita ni logras reconocerme, ¡Ingrata mujer! –

Jacinta, extrañada la miro de una pieza, pues jamás había visto una mujer tan bella por aquella tierra. Traía un vestido carmesí de terciopelo. Su cabello, negro azabache le caía por la espalda hasta la cintura. Su piel blanca, lechosa, su rostro como tallado en porcelana, sus labios rojos brillaban como un rubí sacado en bruto de las grutas, traía un sombrero de ala ancha que casi le cubría los ojos color ceniza y en su pequeña oreja llevaba una flor negra, pero no marchita. Jacinta tardo en hilar las palabras que le respondería:

–        No quiero que suene a grosería – dijo Jacinta – Pero dispénseme el desplante señora nunca la había visto. No me ofende la confianza pero dígame quien la manda o de qué viene este encuentro. –

La Muerte le respondió con gran familiaridad:

–        ¿Hoy es tu cumpleaños querida? No me habías visto, pero me habías sentido. A veces me trepo en tu espalda para darte los avisos. Cuando se murió tu padre, o tú hermana Alicia, te acuerdas; el nudo en tus tripas, el zumbido en los oídos y el sabor a hiel. La misma sensación que te levantaba del catre con un mal presentimiento y al medio día ya estaban muertos. –

El cuerpo de Jacinta reacciono a tan acertada predicción. Se estremeció y la ira inundo sus palabras:

  • Míreme Señora que yo no estoy pa’ juegos – Exclamo Jacinta enojada. En este pueblo la indiscreción se paga con un machete entre las cejas. ¡Con el dolor ajeno no se juega! Dios tenga en su santa gloria a mi padre y a mi santa hermana.-
  • No te me ofendas Jacinta, que soy tu amiga- Dijo la Muerte en su defensa – Hasta te voy a contar un secreto que podría salvarte la vida. – y entre burlas continuo. Te vas a morir el día de san Cleto, el patrono del pueblo, acostada en tu cama mija, como virgen recién canonizada, ¡Qué bonito! ¿No te parece?

¿O estas como todo el mundo que le teme a la Muerte? Pa’ nadie es bonito morirse, ¡No! ¡Ah! Pero nace un escuincle, y la fiesta que hacen; ya quisiera ver que esa misma fiesta hicieran el día de su muerte, pero no. Se les va en puro llorar apagando con lágrimas de salación las velas que le iban a alumbrar el camino al otro lado del charco. ¡Qué malditos son!

Pero no era eso lo que quería contarte… Quería contarte, tu muerte. ¡Pero tú ya la conoces! Si muchacha, te vas a morir así; como lo soñaste. ¡Le atinaste otra vez! Como con la muerte de tu papacito y de Alicia; la de Juana la ciega, la que pedía en la capilla, y hasta la de Don Tomas que lo soñaste desollado y así amaneció. Pero tu muerte será serena. El día después de tu cumpleaños… ¿no soñaste el año exacto verdad? –

Jacinta, conteniendo las lagrimas no tuvo más que bajar la guardia.

–        No señora – Dijo en un sollozo – Cada que es mi cumpleaños que me acuesto a dormir para amanecer a San Cleto, le ruego a Dios del cielo que me guarde un año más. ¡Qué maldición la mía! Hasta he creído que yo mate a todos ellos con el hecho de soñarlo. Para estas fechas siempre me pongo a cuentas por si ya no despierto pero… ¿Por qué sabe usted todo esto? –

Tomo de la mano a Jacinta y la llevo hasta una cueva en donde la obscuridad desfiguró la forma de mujer hermosa y su rostro de parca tomo lugar. Había huestes de velas negras entre las que resaltaban un par, una roja y una dorada que brillaban y destacaban de las demás. La Muerte comenzó a desfilar entre ese inmenso altar, jugueteando con sus huesudos dedos en el llamear. Tomo la vela roja y volvió donde Jacinta.

  • Esta es la tuya – Le dijo.

Jacinta al saber que esta mujer era la misma Muerte no la temió como tal, si no sintió que la conocía de muchos años atrás; sintió que era su amiga pero aun con esto, le era difícil asimilar lo que veía y le pregunto que porqué su vela era distinta.

  • Tienes un don niña – Contesto y continuó – Eres la elegida. Mi padre Mictlantecuhtli el dios de todos los muertos en el origen de la vida. Prometió eternamente dar en cada milenio Azteca el don a una protegida. El don de predecir la muerte para alterar el rumbo de su vida y de quien la rodea. Esta vez fuiste tú. No estás maldita Jacinta, eres dichosa al verme.

¿Porqué se matan entre ustedes? ¿Porqué me buscan y me invocan y cuando vengo se arrepienten? Me gritan airados ¡Porque me lo quitaste! ¿Qué no saben que todos son míos? Que tarde o temprano han de venir a mí. Dime: ¿Qué sería de la vida sin mí? – No Jacinta, no temas mujer color de la tierra, que mañana te llevo conmigo. –

Jacinta rompió en llanto y cayó de bruces a los pies de esa mujer que ahora lucia como un esqueleto en traje elegante y le imploro:

–        No calaca no me lleves mañana te lo suplico. –

Muchos avisos te di. Muchos años viviste. Deberías de estar preparada. No hay excusas cuando llegas a la raya.- Replico la muerte.-

– ¡No Parca! – Continuo Jacinta ¡Te lo suplico, no mañana! Es que estoy enamorada. Ten corazón. ¿Nunca te has enamorado flaca? –

Los ojos cenizos de la muerte se iluminaron de recuerdos y por un momento fue humana.

  • Si Jacinta, hace tantos años. En una era incalculable antes de todo lo que conocemos ahora, andábamos todos los astros y todas las fuerzas del universo rondado por esta tierra. Yo ya tenía el poder sobre sus vidas pero los quería eternos.

Así pasaron miles de años hasta que un día, lo conocí. Era hermoso, un ser de inmensa luz. Me enamore como mujer deseándole a perpetuidad. Le llenaba de flores mágicas el sendero por donde cruzaba. Pero él no podía quererme porque era el sol. Mi padre me lo advirtió pero yo no lo quise entender porque yo podía con su desprecio. Hasta que apareció la Luna, su Luna decía él, una niña entonces era. Yo no pude mas, llore tanto que mis lágrimas apagaron su vela. Pero no podía morirse, porque la muerte solo es una transformación. Y en un estallido de luz voló y se estampo en el firmamento como lo ves ahora. La Luna al perder a su amor se interno en el valle que habían formado mis lagrimas y se seco todo el brillo de su ser, pero su acto de amor la consagro, la llevo al cielo tan lejos para tenerle como yo, pero tan cerca a la vez que su brillo le da luz. Perdí la conciencia como hembra despechada los dañe. Si he amado mujer, esa única vez –

  • Ten piedad flaca – suplicó la mujer por última ocasión – Por ese amor tan sagrado. Amor de mujer. –
  • Si anda. Ve y ama – Ordeno la Muerte conmovida – Se todo lo feliz que yo no pude ni podré ser. No vendré a reclamarte hasta que ese amor se muera antes, mucho antes de que yo lo mate. –

Jacinta salió corriendo de la cueva para encontrarse con su amado y con un beso apasionado sellaron su condena. La muerte presenciando aquella escena, tomó en una mano el cirio rojo y en la otra el dorado, y con un frio soplido apago ambas flamas.

  • ¿Porque lo hiciste Flaca? Lo prometiste ingrata. –

–  La Muerte no tiene palabra Jacinta. Ten por seguro que tu suerte ha pintado mejor que la de aquellos. Era su hijo, tenía sus ojos de luz. Perdóname morenita. –

Y ahí quedaron condenados para siempre. Él como el mar y Jacinta como la fiel arena. Con su promesa de amor perpetuo, abrazándose al subir la marea. La muerte se fue y continuó andando y matando, andando y matando a la hermosa vida.

FIN

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