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LA CACHONDA

Por Luis Mario de León

Soy muchas cosas, y al mismo tiempo, ninguna. Soy hombre, por ejemplo, y si todo sale bien, moriré igual. Soy mexicano, pero sólo porque aquí nací. Soy joven, pero no por siempre.

Ahora, ninguna de estas descripciones me define por completo. Al menos no a posteridad. La mayoría de estas etiquetas fueron impuestas sobre mí de nacimiento, sin mi elección. Yo no elegí ser hombre, ni mexicano, ni joven en este momento. No puedo desentenderme ni escapar de ellas.

Hace algún tiempo me reencontré con una conocida de la infancia. Una chica llamada Érica que vivía en la misma calle que yo cuando yo tendría nueve o diez años y vivía en otra ciudad. Nos encontramos circunstancialmente y nos saludamos. Me dijo que ahora era diseñadora de modas, que estaba comprometida con su novio de dos años, y que iba camino a comer. Yo le dije que me hice psicólogo, que probablemente moriría sólo, y que iba camino a hacer un depósito al banco.

Cuando nos despedíamos, no pudo evitar decirme, justo cuando comenzábamos a alejarnos:

– “A ti te gusta bailar, ¿no?”

Estábamos casi a cuatro metros, pero tuve que regresar a ella.

– “¿Perdón?” Le contesté.

– “Sí, tu bailabas, te gusta bailar.”

La certeza con la que Érica me dijo esas palabras me dejó pensativo. ¿Así me recordaban ella y su familia? Es decir, recuerdo haber bailado alguna vez en algún evento de la escuela, pero nada más. Me los imaginé cenando una noche de martes. El padre masticando sus verduras, y pensando:

– “¿Se acuerdan del vecinito que

teníamos en Celaya?”

– “Si claro, al que le gustaba bailar.”
Responde la madre.

– “Si, le encantaba bailar. Creo que regresó a León y aún baila.”

Dice Érica.

  • “Estoy embarazada.”

Logra decirlo la otra hija.

¿Qué si me gusta bailar? No sé, creo que no tanto, o tal vez como a cualquier otra persona, o quizá menos. Nunca he tomado una clase de baile, ni he ido a un bar con el deseo expreso de bailar. No soy Justin Timberlake; soy a lo mucho un aficionado del baile y aprecio cuando los demás bailan bien, pero ya está. No creo que merezca ser recordado como, “El niño que baila”. Después recordé algo y caí en cuenta de mi incongruencia.

En la familia recordamos a una vieja amiga de mi madre como: “La cachonda”.

La cachonda, amiga (no tan cercana) de juventud de mi madre, nunca se casó, ni tuvo hijos. Yo la llegué a ver ocasionalmente en un par de fiestas. Era una señora normal, ni guapa ni fea, ni buena ni mala. Una señora como cualquier otra. Si no me equivoco, se llamaba Paty, pero no estoy seguro. El punto es que un día, escuché a mi madre carcajeándose en la sala. Mi madre nunca se carcajea por nada, me dio mucha curiosidad y fui a investigar a qué se debía. Mi madre veía su celular con cara de incredulidad, y no paraba de reír.

  • “¿Todo bien?”

Le pregunté.

Mi madre me mostró su celular. Era uno de esos grupos de Whatsapp que tienen las mamás en las que se comparten imágenes de Jesús orando, recetas de cocina, de costura o ¿qué sé yo?.

El grupo se llamaba “Grupo de oración”; se saludaban, se daban los buenos días y se mandaban bonitos deseos y bendiciones. Excepto el último mensaje; Ese último mensaje mostraba a la amiga Paty (que todavía no era La cachonda) vestida únicamente con un baby doll de encaje negro. El escote era descomunal y la provocadora fotografía parecía tomada en un motel; iba acompañada de un mensaje que leía: “Ya quiero que sea viernes”.

la cachonda 1

Eso fue todo, pero por el resto de su vida, de la mía, y de todas las personas a las que les llegó esa imagen; aquella amiga de mi madre llamada Paty, sin importar lo que hiciera, el diezmo que pagara, o el rumbo que tomara, sería recordada como “La Cachonda”. Cachonda por haber enviado un mensaje al destinatario equivocado la pobre mujer ese viernes, que esperemos que al menos le haya valido la pena.

Podemos pasar horas recordando miles de casos en los que una simple acción marca o define a una persona, o al menos en cómo es recordada. Mi padre tenía una frase para éstos casos: “¿Ya porque maté un perro malo me dicen el mataperros?” Pues al parecer sí.

Lo que hacemos nos define más de lo que somos. Juzgamos y etiquetamos a los demás sin conocerlos personalmente. Es verdad, nuestras acciones son un reflejo de quién somos en el fondo; pero no por una buena o mala acción o decisión de alguien, significa o determina que esa persona es así y jamás cambiara.

Todos cometemos errores y a cualquiera le puede pasar que se filtre y salga al aire algo íntimo o muy personal.

¿Qué pasa con mis acciones? ¿Puedo deshacerme de ellas? ¿Quién las perdona? ¿De quién depende que queden atrás?

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