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“LA CASTAÑEDA”

El Palacio de la Locura

PRAVIA 20 (noviembre – diciembre 2015)

“No tienes que visitar un manicomio para encontrar mentes desordenadas, nuestro planeta es la institución de salud mental del Universo.”- Johann Wolfang Von Goethe

Por: Miguel Gómez del Campo

El Porfiriato significó grandes cambios para la sociedad mexicana. Todos los esfuerzos hechos tenían como única finalidad el progreso, y gran parte de las instituciones que nos rigen hoy fueron creadas durante ese periodo. Pero no todos los proyectos tuvieron resultados positivos, muchas veces eran abandonados. Uno de los mejores ejemplos de esta negligencia y abandono fue el Manicomio General La Castañeda, que en sus inicios fue un símbolo progresista y poco a poco fue convirtiéndose en lo que terminó como El palacio de la locura.

El Manicomio General La Castañeda, el establecimiento psiquiátrico más importante de nuestro país en el siglo XX, albergó a más de sesenta mil pacientes desde su fundación en septiembre de 1910 hasta su clausura en 1968. La historiografía en torno a la dinámica de esta institución siempre ha enfatizado el esfuerzo de los médicos por luchar contra la insalubridad, el hacinamiento y la inconsciencia de numerosas familias que abandonaban a los pacientes hasta que fallecían y en muchas ocasiones los despojaban de sus bienes.

Según la historiadora Cristina Sacristán, La Castañeda no es más que “un mal sueño para la psiquiatría mexicana” por el mal cuidado que recibían los pacientes, la negligencia médica que sufrían, las terribles condiciones sanitarias e incluso por ser víctimas de tortura. La construcción estaba diseñada para albergar a mil quinientos pacientes, y tenían a más de tres mil quinientos atendidos por un muy deficiente cuerpo médico, lo que hizo que se convirtiera en un lugar de sufrimiento.

Para festejar, ¡abramos un Manicomio!

La Castañeda abrió sus puertas el 1 de septiembre de 1910, como parte de los festejos por el centenario de la Independencia Mexicana. A la inauguración asistió el presidente Porfirio Díaz, su gabinete y la alta sociedad mexicana. Su arquitectura fue basada en el hospital psiquiátrico parisino Charenton. La edificación se construyó sobre una antigua hacienda pulquera en la ciudad de Mixcoac, que en ese entonces eran las afueras de la ciudad. Gozaba de una vasta extensión territorial, lo que permitió que el centro psiquiátrico tuviera hasta veintitrés pabellones poblados por enfermos.

Fue inaugurada con 350 hombres remitidos del Hospital para Dementes de San Hipólito y 429 mujeres provenientes del Hospital del Divino Salvador. Ambos establecimientos eran de origen colonial y fueron clausurados con la fundación de la nueva institución psiquiátrica. Durante los primeros años sólo se recibían pacientes con avanzadas enfermedades mentales, como esquizofrenia, pero al paso del tiempo comenzaron a recluir también a reos de cárceles, prostitutas, epilépticos, sifilíticos, alcohólicos e incluso a indígenas bajo la excusa de que eran inadaptados sociales. El maltrato que recibían los pacientes era vergonzoso. Los discriminaban y despreciaban a tal grado que los pabellones recibían nombres como “el pabellón de los imbéciles” o “el pabellón de los idiotas”. También es famoso por los extremos métodos de tortura a los que eran sometidos, se hacía un uso excesivo de los electroshocks, tanto que los pacientes quedaban completamente inconscientes; cuando se consideraba que un paciente tenía un comportamiento inapropiado, los bañaban con agua helada, e incluso los encerraban por días en sitios húmedos y llenos de ratas. El caos que había ahí dentro provocó que se cometieran crímenes de todo tipo como robos, violaciones y asesinatos. Algunas personas describían en lugar como las puertas del infierno.

Después del primer día de funcionamiento del manicomio hasta finales de 1913, la población llevada por las familias cambió sustancialmente. La mayoría de los hombres fueron diagnosticados como alcohólicos y las mujeres como neuróticas. Además, casi todos fueron dados de alta, en promedio, cuatro meses después de haber sido internados.

Pero la novedad no radicaba en el discurso médico ni en los parámetros administrativos para regular el ingreso y el trato a los pacientes, más bien, la novedad fue el manicomio en sí mismo. El novísimo e imponente hospital psiquiátrico no pasó inadvertido para los habitantes de la ciudad de México; de hecho, estamos hablando de una institución con un lugar notable en la memoria colectiva de la ciudad. Era casi un lujo tener un pariente ahí dentro. Así, el complejo arquitectónico no fue sólo un objeto en el espacio sino que tuvo la capacidad de crear realidades. La majestuosidad de su fachada y de los muros que la rodeaban hizo que La Castañeda fuera vista por la sociedad como un espacio para castigar y corregir a aquellos cuyas conductas rompían los parámetros de la normalidad.

La Castañeda creó un nuevo concepto de locura, modificó la idea sobre la locura que merecía el encierro

Los traumas de guerra, las epidemias y la falta de agua y comida sumieron a la ciudad en una compleja crisis. Esto tuvo repercusión directa en el tipo de población que ingresó al manicomio, ya que imperaron los enfermos graves que fallecían de enfermedades como tuberculosis, neumonía, anemia, etcétera

Cerca de 1940 se disparó la cantidad de pacientes que alcanzó la suma de 3,500. Se llegó a cocinar para un total de 5,000 personas, incluyendo empleados. Algunos expedientes del manicomio han mostrado numerosos casos de pacientes que fingían locura para evadir responsabilidades penales, otros para huir del férreo control de las familias, y otros entraban y salían del lugar a su antojo.

Hasta que el presidente Díaz Ordaz ordenó la demolición y reubicación de los pacientes de La Castañeda el 29 de junio de 1968, pocos meses antes de la matanza de Tlatelolco, para que este infame establecimiento no causara alboroto en las olimpiadas. El edificio fue desmantelado completamente, y la fachada fue trasladada piedra por piedra a Amecameca, donde hoy resguardan a un convento.

A pesar de las infamias cometidas, este lugar es considerado como La Cuna de la Psiquiatría Mexicana, y gran parte de la medicina de nuestro país se debe a ese periodo. La mayoría de los pacientes fueron albergados en otros centros de salud a lo largo de la República Mexicana y tiempo después fue sustituido por el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino.

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