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LA DALIA NEGRA

El caso inexplicable de Elizabeth Short

 ¿Cómo algo así puede ser posible? – preguntó un turista desconcertado sentado en la barra del bar del Hotel Biltmore. Su cuestionamiento no iba dirigido hacia nadie en especial, era causado por el titular del diario que estaba leyendo.

Por César García.

El periódico The Examiner, había publicado (como muchos otros) la noticia del terrible asesinato ocurrido apenas un día atrás: una joven de nombre Elizabeth Short había sido encontrada literalmente en dos. El macabro hallazgo se había dado en el vecindario de Leimert Park, y rápidamente había causado conmoción en la ciudad de Los Ángeles, pues la víctima solía convivir en el mundo hollywoodense y se dice que aspiraba ser actriz.

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Elizabeth Short tenía una figura envidiable. La sensual presencia de la víctima, la sordidez de sus relaciones, el color de sus bragas, la grisura de su realidad y el sadismo de su ejecución provocaron una fascinación que aún existe.

El turista siguió leyendo para saciar completamente su morbo, a la vez que se lamentaba por el terrible destino que había sufrido aquella chica. –Eso es algo que se está volviendo frecuente- comentó el empleado que atendía el bar mientras le servía el trago que el cliente había pedido.
-No muy atractivo para el turismo- añadió.

Y aquello era cierto; un extraño fenómeno de feminicidios había azotado a California en la época de la posguerra y todos ellos cometidos con brutalidad. Pero el misterio que rodeaba este caso era una mina de oro para los medios de comunicación que se podían dar la libertad de “adornar” la historia sólo para poder vender unos cuántos ejemplares más e incluso se le había asignado un apodo a la desafortunada: La Dalia Negra.

 

Aparte de la saña que enmarcaba la escena, el público estaba completamente extasiado con el caso que no parecía tener algún responsable. Aunque todavía era pronto para sacar conclusiones nadie se podía imaginar algún culpable con la experiencia necesaria para cometer algo tan detallado como ese particular asesinato.

ADEMÁS DE HABER TERMINADO EN DOS PARTES, EL CUERPO HABÍA SIDO LAVADO Y COMPLETAMENTE VACIADO SIN DEJAR ALGÚN RASTRO DE SANGRE; Y COMO TOQUE FINAL, SE LE HABÍAN HECHO UNOS CORTES EN EL ROSTRO QUE EVOCABAN UNA PERTURBADORA SONRISA CONOCIDA COMO “LA SONRISA DE GLASGOW”.

Entonces con un trabajo así de limpio y tan concreto, ¿Quién podría ser el responsable? ¿Algún loco con el que ella estaba saliendo? ¿Una venganza por alguna deuda? Como fuera, más allá del sensacionalismo causado, aquel suceso llegaba a despertar una interrogante en la conciencia común y general: ¿Cómo saber si algún conocido o familiar era un psicópata de ese estilo?

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Casi sin quererlo, la pregunta resonaba en la cabeza del turista que con una resaca emocional se cuestionaba si alguien ahí mismo en el hotel podía ser un asesino -Pues sólo espero que atrapen al que lo hizo-  se limitó a complementar.

El turista observó al señor y su aparente calma ante la situación, y no pudo evitar imaginar a aquella chica deambulando por ahí unas noches atrás. Vio la foto de su rostro publicada en el periódico, aquellas finas facciones y su cabello negro que bien se podían mezclar con la infinidad de mujeres que visitaban el Biltmore, y lo comparó con el de otras chicas que reían y socializaban abiertamente a su alrededor, ¿Cuántas de ellas podían sufrir lo mismo que pasó Elizabeth?

Cuando encontraron a Elizabeth, llevaba unos lentes de sol y su mirada estaba perdida en el fondo de la habitación, como si hubiera escuchado hablar tanto de ese tema que ya no le importara más. 

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Y es que la fascinación que causaban esos tipos de asesinatos únicamente aseguraba una completa deshumanización de la persona. Ya nunca más se iba a recordar a Elizabeth Short por quién fue, sino como la víctima del caso inexplicable. Así pues, todas sus virtudes, defectos, sueños y cosas que podía aportar, serían enterrados con su cuerpo mutilado. Era una manera de borrar el recuerdo de Elizabeth de la memoria colectiva y reemplazarlo por un producto que se vendía en los periódicos; esa era la verdadera crueldad.

El turista habiendo conjeturado todo eso, se levantó de su asiento y dejó el dinero de su cuenta. Tomó el vaso con su bebida y dio un largo trago que raspó su garganta. Dio la vuelta, y avanzó dejando atrás el periódico y todas sus malas noticias.

Se fue caminando entre la gente que seguiría sin apuraciones su vida y que olvidarían completamente que alguna vez hubo una asesina llamada Elizabeth Short, recordada  simplemente como la Dalia Negra.

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