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“LA ISLA DE LOS MUERTOS”

Por: Miguel Gómez del Campo.

Un pequeño bote, conducido por un remero a quien muchos han querido identificar con Caronte, se acerca al embarcadero de una isla rocosa. En la proa, podemos ver a una figura de pie, envuelta en una capa o sudario blanco, y un objeto colocado transversalmente que podría ser un ataúd, también cubierto con una tela blanca y decorado con guirnaldas. El bote avanza lentamente, sin alterar lo más mínimo la superficie inmutable del agua. En las paredes de la isla hay excavados unos nichos o cuevas; sobre una de estas aberturas, a la derecha, aparecen las iniciales del artista “talladas” en la roca (quizás sea una referencia a su morada final en la tierra). Y ya no alcanzamos a ver nada más. Los cipreses de la isla, un árbol tradicionalmente relacionado con la muerte y los cementerios, nos ocultan lo que hay más allá de la puerta. ¿Dónde estamos nosotros? ¿En tierra firme, mirando la isla desde la lejanía? ¿O de pie en otra barca, acercándonos a ella?

El artista suizo Arnold Böcklin tuvo la muerte como principal protagonista de la mayor parte de sus obras. Y es que, la obra en cuestión, titulada “La isla de los muertos llegó a realizar cinco versiones, de las que se conservan cuatro; alcanzó tal fama en su tiempo que no sólo causó furor entre las élites intelectuales y artísticas de media Europa, sino también a nivel popular, hasta el punto de que a comienzos de siglo XX eran muchas las casas en Berlín que contaban con una reproducción.

Y aunque en sus primeros años su obra se caracterizó por una clara influencia del paisajismo romántico, Böcklin tuvo ocasión de “empaparse” con las obras de los artistas flamencos y holandeses durante su estancia en los Países Bajos, de los grandes maestros europeos al trabajar en el Louvre y de recibir el influjo de los genios del Renacimiento al vivir en Italia.

Las distintas versiones de ‘La isla de los muertos’ gozaron de tal éxito que Böcklin llegó a disfrutar de una enorme popularidad en los últimos años de su vida, especialmente en Alemania, y su obra atrajo la atención de intelectuales, músicos y artistas de su época. Entre estos últimos se contaban Max Klinger o Ferdinand Kellery, algunas décadas más tarde –con Böcklin ya fallecido– influyó de forma notable en pinceles de la talla de Kandinsky, Munch, Dalí o De Chirico.

No es de extrañar que en el año 1933 fuese el mismísimo Adolf Hitler; entonces recién nombrado canciller de Alemania, quien se hiciese con la tercera versión de la durante una venta de la obra.

La fascinación del führer por las creaciones de Böcklin era más que notable y, de hecho, hasta su muerte reunió al menos once obras suyas, contando pinturas y dibujos. Su favorita, sin embargo, fue siempre ‘La isla de los muertos’, que en un primer momento decoró los muros del Berghof en Obersalzberg, y más tarde colocó en la Nueva Cancillería de Berlín.

¿Dónde estamos nosotros? ¿En tierra firme, mirando la isla desde la lejanía? ¿O de pie en otra barca, acercándonos a ella?

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