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PÉTALOS DESFALLECIDOS

No tenía frío,
tal vez el tenue sol lo había calentado;
quizá había dejado de sentir tres ríos atrás.

Por: Galia Monzón.

Cientos de pisadas cubrían el suelo, pero no sabía si eran suyas o de los lobos. La nieve serena, parecía extender sus brazos en dirección a una falsa promesa de calidez. Siguió caminando. A cada paso que daba sentía que dejaba tras de sí todo su ser, pero no le importaba, porque si no encontraba lo que estaba buscando entonces no quería ni tenerse a sí mismo. Y estaba cansado, del tipo de cansancio que te sume en un sueño intranquilo, en una realidad punzante. Seguía caminando, pues temía lo que pudiese pasar si perdía de vista el frente.

Vio las primeras gotas de sangre al lado del tronco de un árbol. Al principio las confundió con pétalos desfallecidos, pero sabía que eso no era posible; las flores se escondían tras el manto de blancura que poco a poco comenzaba a cubrirlo a él también.

Tocó la sangre, y no era cálida. Se llevó los dedos a los labios y cerró los ojos. Vio una llanura infinita y el Sol. Ella era más eterna y brillante que todo lo demás.

Un único sonido rasgó el aire; la advertencia de un pájaro solitario le hizo volverse con una agilidad que creía perdida. Vio más gotas de sangre. Una, dos… Eran tantas que pronto se convirtieron en un río que empapaba la nieve. No supo si la sangre fue la primera en conquistarlo todo.

La parte inferior yacía inmóvil a la orilla del lago, tiempo atrás engullido por las aguas heladas. Se acercó. El rostro sin vida de la chica se habría confundido con todo lo demás de no haber sido por sus ojos; abiertos, miraban sorprendidos a la nada, o quizás al todo. Se fijó en que los ojos ahora no eran más que los restos de una fogata que antaño había alcanzado el cielo.

DESEÓ SUMERGIRSE EN LAS AGUAS. DE ESE MODO TAL VEZ PODRÍA ÉL TAMBIÉN VER EL TODO Y LA NADA. SIN EMBARGO ANTES TENÍA QUE HACER UNA ÚLTIMA COSA.

Sacó de un bolsillo la daga. Se le quedó mirando hasta que sintió el peso de otra mirada, y alzó la vista para encontrarse con un par de ojos tan ausentes de luz que la negrura palidecía a su lado. Se miraron, y sólo el lago y la daga los separaba. Esperaron, el agua y la sangre les susurraban. Desvió un segundo su mirada hacia el cadáver, y luego volvió su vista hacia el animal, pero ya no estaba. Un gruñido a sus espaldas le hizo apretar aún más la daga, y cuando se volteó no quedaron dudas. Era hora de descubrir si la nieve lo cubriría a él también.

De pronto no eran más que garras, el filo del arma, la sangre que chorreaba y el sol que se había escondido. Frío y caos. Las aguas del lago le gritaban que cediera, pero la sangre escarlata lo instaba a seguir en pie. Dientes puntiagudos, un alma destrozada; catástrofe.

petalos

VEÍA POR FIN LA NADA Y EL TODO. EL SOL BRILLABA DE NUEVO EN LOS OJOS DE ELLA. SE DEJÓ ENVOLVER POR EL AGUA HELADA Y CON UNA SONRISA, DIJO ADIÓS A LA NIEVE Y A LOS PÉTALOS DESFALLECIDOS.

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