MINERAL DE POZOS, PUEBLO MÁGICO DE MÉXICO

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PRAVIA 18 (Julio – Agosto 2015)

Por: Laura Fernanda Meraz

Los muros de adobe rojizo parecen buscar la protección de los muros de cantera. Las bardas de cal y canto, y los bastiones chimuelos en guardia permanente contra el tiempo, las lluvias, y los aeronazos que los han ido desgastando. Las torres de piedra maciza ahí están, enhiestas, estoicas, vivas en su inmovilidad hundida en este mar de silencio. Polvaredas, huellas de muchas lunas y cicatrices de miles de soles les marcaron. No las destruyen. Estamos llegando a Mineral de Pozos y nos reciben los calores de su antiguo esplendor, de sus glorias de plata y sus tejas de oro que lo hicieron surgir con todos los esplendores cortesanos del Virreynato. Hoy tiene doscientos años abandonado en medio del valle, pero desde fines del siglo pasado, en los años noventa, parece empeñado en florecer de nuevo, esta vez con el traje pintoresco del turismo.

Es que en Guanajuato somos privilegiados por vivir rodeados de magia, colores y sabores, en una geografía de pueblos de pintura, montañosos, desérticos, áridos, semiáridos, húmedos y de todos los climas y vientos imaginables.

En esta edición les contaré de ese sitio fantástico que no debieran pasar por alto. Mineral de Pozos fue declarado Pueblo Mágico establecido por la Secretaría de Turismo para ubicar los más atractivos de México. La gestión para esto se debe a artistas, intelectuales extranjeros avecindados en nuestra entidad, la sociedad civil y personajes que  se preocupan por  rescatar y mantener vivos todos los rincones de Guanajuato.

Impone de verdad, impresiona al visitante el recorrido por las calles polvorientas y pétreos callejones por los que parecen seguir caminando las ánimas de quienes vivieron aquí sus mejores épocas. Me parece escuchar la voz del Maestro Juan Rulfo:

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.

Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice: —Son como las cuatro de la tarde.

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Nosotros somos cuatro, Melitón, Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Los cuento: dos adelante, dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: Somos cuatro. Hace rato, como a las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se desperdigaron hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros… (Juan Rulfo: Nos han dado la tierra.)

Llamado oficialmente Mineral de San Pedro de los Pozos, fundado a fines del siglo XVI, se llamó Ciudad Porfirio Díaz, cuando este la nombró ciudad más importante de la minería en Guanajuato en el siglo XIX y umbrales del XX. Originalmente fue asiento de grupos Chichimecas y Otomíes. En 1576 los misioneros jesuitas fundaron la misión de Palmar de Vega.  Como Mineral de Pozos le nombró después el Virrey don Luis de Velazco, y a cargo de la misión el jesuita Gonzalo de Tapia.

En esa época en 1589 comenzó la primera historia de maravillas de este pueblo cuando las minas del Palmar surgieron como ubérrimas productoras de oro, plata, mercurio, cobre, estaño y muchos metales más. Al comenzar el movimiento independiente, las sombras de la decadencia se abatieron sobre Pozos. Sobrevino una escasez de azogue, hierro y otros elementos indispensables para beneficiar el mineral y para colmo se retiraron los capitales. La ciudad comenzó a quedar desierta. Hoy tiene dos mil 229 habitantes.

Silencio profundo y una paz inamovible parecen algunas de las características más apreciadas por pintores, fotógrafos y cineastas que vienen a plasmar en Pozos obras concebidas con sentido de inmortalidad. Hoy Mineral de Pozos tiene espacios insólitos, jardines y plazas, tiendas de artesanías, talleres artesanales, galerías y hoteles boutique para todos los gustos y presupuestos. Está a 45 minutos de San Miguel de Allende y Querétaro, en el municipio de San Luis de la Paz.

La zona es semiárida, el clima suele ser caluroso de día, y fresco de noche, aconsejo llevar una buena chamarra rompe vientos y botas para caminar y explorar sin contratiempos.  La gente aquí fabrica instrumentos prehispánicos y cada año en julio, si se animan, pueden disfrutar de la fiesta de La Toltequidad en la que músicos de muchas regiones participan en un festival de música prehispánica.

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Pozos vale la pena para disfrutarse con mucha calma y ánimo de contemplar sin prisas. El recorrido dura al menos cinco horas. Obligada, una cámara fotográfica, para plasmar momentos entrañables y artísticos del viaje. A 15 minutos está la mina de Santa Brígida a cuya riqueza de minerales preciosos, Mineral debe su importancia.

El camino es una gama de tonos de color café de la tierra en armonía con los tonos verdes de mezquites, huizaches, cactus y nopales. Todo bajo un cielo azul, inmenso. Hay un sitio, Los Tres Chacuacos, llamado también Hornos Jesuitas, que surgen en el fantástico escenario del desierto. Sabes que llegaste cuando respiras el eco del viento, que te abraza helado frente a cactáceas y matorrales que abrazan a viejas casas y templos que sobreviven de nostalgia. Hacienda Santa Brígida, fachada beige con rojo quemado y dos torres a cada lado como castillo de cuento. Aquí comenzó la historia de Pozos en 1576.

Todo aquí es sinfín de paisajes y añoranzas, cada minuto transcurrido en este lugar quedará en tu recuerdo. Así que ya saben si quieren explorar, Guanajuato es el lugar.  Au Revoir.

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