El amor en tiempos de millennials

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“No traigan más una puta por acá”, les digo a
mis pocos amigos, ” me voy a enamorar de una”.
“No podrías estar con una buena mujer, Bukowski”

– Charles Bukowski

Aquella noche los niveles de alcohol en mi sangre invadía cada uno de mis glóbulos rojos. La adrenalina era latente, podía sentirla vibrar por debajo de mi piel al ritmo de mi corazón gastado. Las pupilas de mis ojos dilatados ante las luces y los colores efervescentes del lugar, me hacían sentir como si estuviera soñando. 

Podía escuchar mi propia risa lejana a mi, voces caer como un ruidos secos entre la música estruendosa. Bailaba dentro de viajes astrales y me sumergía en silencios en los que mi cabeza me traicionaba con recuerdos que juraba ya había enterrado. En momentos así, era fácil caer. 

Pese a todo, no dejaba de sentirme feliz. Sabía que era una felicidad momentánea, una felicidad falsa, construida bajo preceptos sociales sobre el amor. No paraba de reír y jurarle al viento que nunca había estado tan bien como en ese momento. Sin embargo, dentro de mi inconsciente, algo me susurraba que al siguiente día la cruda moral me iba a invadir. Porque esa no era yo. 

Ese momento es una película que no volvería a ver. Al intentar revivir todo, lo veo demasiado borroso… Dentro de la alucinación en el que me encontraba, recuerdo a un extraño que se acercó a mi. Nada serio, como se suponía que debía ser. Comenzamos a hablar. Un intercambio de miradas fortuitas entre las luces y el mar de personas en el que nos encontraban. Nuestros brazos rozando y de pronto su cabeza se encontraba a un par de centímetros de la mía. 

-Que linda sonrisa tienes.

-Te cambio un shot por un beso.

Mi corazón palpitaba rápidamente. Su aliento era mezcla de alcohol y malas intenciones.  Sólo es un beso, ¿qué más da? Un beso no significaba nada. En unas horas él iba a desaparecer y todo seguiría igual. Aunque mis ilusiones de niña buena me dijeran lo contrario y quisieran darle más importancia de la que no tenía. De pronto todo me pareció absurdo. Esa idea no tenía sentido en mi cabeza por más ebria que estuviera.  Las ideas revoloteaban de un lado a otro en mi cabeza causándome náuseas. 

Me alejé de él. No podía besarlo y después hacer como si nada. Es cierto, llevaba meses sintiendo que mi corazón se había congelado y estaba hecho un nudo. Quería traicionarme, dejar a un lado la moral. Olvidarme de serle fiel a alguien. Sentir otro cuerpo, su calidez y por supuesto, sentir otros labios. Entonces, ¿porque no podía besarlo? 

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Fue ahí cuando caí en la cuenta de que no podía entrar en ese juego. ¿Solo un beso? No, por supuesto que no sería solo un beso. Confieso que quería amar sin compromisos, sin pertenecer a nadie o sin que alguien me perteneciera. Ser mía. Dejar esas ideas románticas y vivir bajo momentos efímeros. Doler, sangrar los sueños nunca mencionados y perderme en las noches de insomnio, en el cielo sin luna y reír entre lágrimas. 

Pero no. Porque, yo era un cúmulo andante de emociones y sentimientos. Era demasiado tierna e inocente para un ambiente así. ¿Un beso? No podía hacerle eso a mi corazón, a mis ideales. Esa no era yo. 

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