SEXO ORAL POR GALLETAS

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PRAVIA 24 (Julio – Agosto 2016)

HABLEMOS DE CRÍMENES SEXUALES

Por Miguel Gómez del Campo.

Desde principios de la década de 1990, se registraron casos de abusos sexuales cometidos por las fuerzas de paz de la ONU en todo el mundo, desde Haití hasta Camboya; pasando por Kosovo, Tanzania, Moldavia y toda la República Centroafricana.

Solo en 2014 hubo 79 casos de explotación y abuso sexual, 51 de los cuales correspondieron a misiones de paz alrededor del mundo.

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Aunque el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon adoptó una política de tolerancia cero en 2003, y esta se reiteró en 2015, esa tolerancia cero fue un chiste mal contado. Un estudio conocido como Examen independiente sobre la explotación sexual y el abuso de las fuerzas internacionales de mantenimiento de la paz en República Centroafricana, encargado por el secretario general de la ONU, reveló considerables fallas en su respuesta a las denuncias de abuso sexual en el país asolado por el conflicto armado.

Mientras algunos cascos azules abusaban sexualmente de menores, la información sobre las acusaciones se pasó de escritorio a escritorio, de bandeja de entrada a bandeja de entrada, por numerosas oficinas de la ONU y nadie estaba dispuesto a asumir la responsabilidad para abordar las graves violaciones a los derechos humanos.

Una investigación independiente presidida por la ex jueza de la Corte Suprema de Canadá, Marie Deschamps, también concluyó que numerosos funcionarios de la ONU no actuaron cuando se les brindó información sobre las acusaciones. Entre los funcionarios aludidos se encuentra el ex representante especial del secretario general ante MINUSCA (la misión de paz de la ONU en la República Centroafricana), Babacar Gaye, quien renunció en agosto de 2015 a petición de Ban Ki-Moon, y también la ex representante especial para los niños en conflictos armados, Leila Zerrougui. Este par alegó que su actuación fue insuficiente porque: “nunca les verificaron la información”.

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Es increíble. ¡Son tropas en misiones de paz!, gente que se supone que va ayudar al que está sufriendo. Existe un profundo pesar de que estos niños hayan sido traicionados por la misma gente que se envió a protegerlos. Nos toca nombrar y avergonzar a los responsables.

LAS ALARMAS SE PRENDIERON.

El 29 de abril de 2015 el mundo conoció los abusos sexuales cometidos contra menores de edad por parte de tropas francesas, de Chad y de Guinea Ecuatorial que actuaban como fuerzas de paz en un campo de desplazados en la República Centroafricana. Todo gracias a unas entrevistas que fueron filtradas a los medios en donde unos niños relatan haber sido abusados sexualmente por miembros de la ONU y UNICEF.

Un niño relató que un soldado francés le prometió comida a cambio de sexo oral, negoció con un guardia y lo llevó a la base, lo violó y luego le dio galletas y dinero en efectivo.

Kompass transfirió las notas de la entrevista a su supervisor inmediato, un oficial de MINUSCA en la República Centroafricana. El oficial, Renner Onana, Jefe de Derechos Humanos y Justicia, no hizo nada: no advirtió a los soldados, no informó a ninguna autoridad, no hizo nada para prevenir futuros abusos, no se alertó a los cientos de miles de refugiados internos en los campamentos de que había predadores sexuales que actuaban como supuestos protectores contra sus niños.

Anders Kompass fue quien contó al gobierno francés lo que estaba sucediendo en República Centroafricana. Permaneció en silencio incluso cuando la ONU públicamente salió a denunciarlo por filtrar el informe, simplemente por denunciar que los niños seguían siendo abusados. Human Rights Watch desde entonces obtuvo material interno que incrimina a la ONU como mails y memos, incluyendo los del propio Kompass avisando constantemente de la grave situación y sin respuesta. Todo demuestra la inacción de la ONU. También demuestran los esfuerzos de funcionarios de alto nivel del organismo para silenciar a trabajadores que podrían sacar el caso a la luz si se prendían las alarmas sobre el tema.

En otra de las entrevistas, una niña de 13 años relató que no podía contar la cantidad de veces que fue obligada a prácticas sexuales con soldados, pero que las más recientes habían sido entre el 8 y el 12 de febrero de 2015. Tres años después de la primera entrevista y denuncia ante naciones unidas, y aún con sólida evidencia de que los crímenes seguían ocurriendo mientras seguían recogiendo testimonios, ONU y UNICEF siguen sin tomar ninguna medida.

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Una menor de 14 años relató a los investigadores de Human Rights Watch: “Pasaba por la base de Minusca, en el aeropuerto cuando me atacaron. Los soldados estaban armados. Uno me gritó y me sujetó los brazos mientras el otro me arrancó la ropa. Me tiraron a un pastizal atrás y mientras uno me agarraba, el otro me violó.”

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En total, las entrevistas a niños abusados sexualmente fueron 13 y los soldados de las fuerzas de paz que participaron activamente fueron 16: 11 franceses, 3 de Chad y 2 de Guinea Ecuatorial. Otros 7 soldados solicitaron encuentros sexuales con niños o actuaron como cómplices. El reporte implica a un total de 23 soldados.

En el sistema de la ONU esto no resulta una sorpresa. Saben que no es un caso inusual; es simplemente uno que salió a la luz. Para aquellos que creían en los ideales de la ONU, este caso es profundamente trágico porque aunque duela, no es el único. Es parte de un continuo patrón de su sistema.

Ese patrón no estuvo nunca tan claro como en este caso en el que la ONU debe resolver una problemática de abuso sexual. Un caso de la más descarnada injusticia y desprecio por los niños que fueron traicionados cuando confiaron en la ONU y ésta falló en protegerlos, en cambio, los volvieron parte de su sistema. Por supuesto que hay gente dentro del organismo que hace bien y moralmente su trabajo. La pregunta es, ¿en quién confiar?

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