Emma Reyes: una pintora en la orfandad

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emma reyess

Memoria por correspondencia
Emma Reyes
Bogotá, Colombia
Laguna libros, 2012

En un pequeño cuarto sin ventanas y con una sola puerta −en medio de Bogotá−, vivía Emma Reyes. Una pintora colombiana que creció en el regazo de los murmullos tristes y de los murmullos alegres, así como el agua e’panela que lo mismo tiene un color triste y un sabor dulce. O como la memoria, tan incómoda como generosa.

emma reyes

Memoria por correspondencia es, en esencia, una compilación de veintitrés cartas en las que Emma relata su infancia a su amigo y compatriota, Germán Arciniegas. Sin embargo, también es el presente de una niña a la que el mundo se le reveló con la misma precocidad con la cual era mirado: “Nuestra vida se pasaba en la calle; todas las mañanas yo tenía que ir al muladar que estaba detrás de la fábrica para vaciar la bacinilla que habíamos usado durante toda la noche”.

La pintora vivió con su hermana mayor, Helena, y un niño llamado Eduardo, el “Piojo”. Los tres siempre estaban sucios y mal alimentados. Pasaban el tiempo encerrados en un cuarto que no tenía luz, inodoro, ventanas ni agua; pero al que cada mañana llegaba la señora María para obligarlos a cumplir sus deberes: tirar la bacinilla con los desechos de la noche, traer el agua y el carbón.

La brutalidad de la vida de la pequeña Emma salta a los ojos de cualquier lector; no obstante, para ella no. Para ella no hay preguntas, sino hechos, uno tras otro. Un sinfín de acciones, tal como la vida.

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De este modo, Reyes −autora y personaje de su propia historia− se dedica a (re)vivir, existir, sentir lo atroz: “Cuando vi que la Sra. María comenzaba a quitarse una bota, supe que me iba a pegar y salí corriendo […] −Y tú…  La pobre es completamente bizca, dime, ¿cómo te llamas?”/ −Nené. / − ¿Nené? Eso no es un nombre. /−Sí, yo soy Nené. / −¿Quién es tu mamá?/ −La agencia de chocolate.”

Bajo este turbulento escenario, se da la partida del “Piojo”, dejando a las dos hermanas en una infinita soledad. En medio de un peregrinaje, Emma, Helena y la ayudante de la señora María, Betzabé, regresan a Bogotá. Ahí sobreviven comiendo pan con panela. Hasta que, en una ocasión al hablar con las vecinas, se ponen de acuerdo para hacer mazamorra para todas: “Al día siguiente comimos la primera mazamorra, fue una verdadera fiesta; todos en el patio de atrás colocaron la grande olla entre muchos trapos en el hueco del sifón del patio y todos alrededor con su plato”.

Esta re-creación de atmosfera no sólo es parte de la “inocencia” literaria de la pintora, quien aprendió a escribir hasta la adolescencia, sino de su propia libertad… Pues de Emma se dice mucho y se sabe poco, se dice que viajó a la Argentina vendiendo cajas de Emulsión de Scott pero no se sabe quién fue su madre ni el lugar exacto de su nacimiento. Por ello no es de sorprender que su naturalidad narrativa sea parte de sí misma, de esa niña que vivió la crueldad y de esa adolescente que cosió con la precisión de una costurera.

Con ese énfasis en los detalles, cuenta su estancia en el convento, en donde eran discriminadas por su apariencia insalubre o simplemente por ser las “Nuevas”. Sin nostalgia, sin autocompasión, recuerda: “fue en esos días que aprendimos lo que era la profunda soledad y el abandono de todo afecto”. Aquí reaparece la violencia como un continuum del llamado bullying, tan añejo como actual.

Sin embargo, de los días en el convento hay escenas aún más atroces, y es el de la conformación de una sociedad amoral dentro de su moralidad, pues ahí vivieron la explotación en carne propia. “Nuestras vidas estaban dirigidas a dos únicos fines que marchaban al mismo tiempo: trabajar al máximo para ganar lo que nos comíamos y, según las monjas, salvar nuestras almas […] pero el precio que pagábamos por salvar nuestras almas representaba para nosotras diez horas de trabajo por día”.

Finalmente, ese encierro, ese desespero, ese horror, esa soledad, llevaron a Emma a correr y correr. “Antes de ponerme en marcha hacia el mundo me di cuenta que ya hacía mucho tiempo que yo no era una niña”[1], concluía la última carta. Tan disruptivamente como empezó, así “terminó” la historia de la pequeña Emma, dejándonos a la deriva de su propia historia; ahora sabemos de forma extradiegética que Emma Reyes sí tuvo madre, viajó a Argentina y después a París, donde adquirió fama. Por estas razones Memoria por correspondencia no sólo es un conjunto de cartas, sino una historia continuada, un recuerdo caminando por las calles del tiempo.


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