Felicidad: el gran misterio de nuestro siglo

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La felicidad es un misterio que rodea al ser humano, puesto que cada persona tiene un concepto diferente, respecto a este sentimiento.

Caminamos por la vida, sin rumbo fijo y sin destino, sabiendo, o creyendo saber que sabemos a dónde vamos, cuando en realidad somos unos desconocidos para nosotros mismos y para el resto del mundo.

Vivimos engañando a los demás, pero lo más grave, es que vivimos engañándonos a nosotros mismos: pensando lo que todos piensan, queriendo lo que todos quieren, viviendo como viven todos, muriendo como mueren todos, perdiendo lo que todos han perdido; perdidos hasta de nosotros mismos ¡No hay humanidad! ¡Sólo hay esclavos de un mundo material!

A pesar de todo, ¿será bueno despertar? El hombre, en plena conciencia de su naturaleza, es un torrente de dudas, emociones y miedos. Mientras los demás no se percatan de nada, no se atormentan por casi nada realmente, y existen en un mundo aparentemente “tranquilo y sin misterios”.

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Tal vez esto sea una forma de protegernos de las cuestiones del universo. Pero, ¿es el destino del hombre ignorar el enigma de su propia alma? ¿Acaso es preferible vivir dentro de la ignorancia y existir dentro del consumismo? Quizá esta sea la pregunta que se ha suscitado dentro de las mentes de millones de pensadores a lo largo de la historia: ¿vivir como esclavos o como seres que han descubierto su insignificancia en un lugar tan enorme?

La felicidad es un misterio que rodea al ser humano, puesto que cada persona tiene un concepto diferente, respecto a este sentimiento. Lo más común es escuchar la interpretación de la felicidad, como un bien material y la aceptación social razonable; lo cual provoca que la gente se sienta incompleta y desdichada, a la vez insatisfecha por no tener lo que desea, y otras veces, presuntuosa y arrogante. Hemos confundido y aceptado su significado como algo proveniente del exterior; dependiente de cosas y personas, cuando el verdadero espíritu de virtud, reside en la contemplación y aceptación de nosotros mismos, y más aún de nuestro entorno

¿Quién tiene el valor para buscarse, aceptar el mundo y a sí mismo, y desligarse de las convenciones sociales y materiales en que vivimos?

En realidad, son pocos los que se han atrevido a ir más lejos y preguntarse todo lo referente a su existencia, la mayoría cree ser feliz e independiente, sin percatarse de los lazos que los unen a los demás y de las etiquetas que se han impuesto, conforme al criterio de la sociedad actual.

Soledad; esa es la respuesta, nuestra eterna y única compañera. Sin embargo, tememos afrontarla dentro un lugar tan grande como en el que estamos; tratamos de olvidarlo, conviviendo en sociedad, adaptándonos a sus modas y a sus ideas.

Sí, tenemos familia, amigos y amor, podemos estar rodeados de gente todo el tiempo y, a pesar de eso, seguir inevitablemente solos. Siempre ha sido así: llegamos solos, solos nos vamos. Es el costo de ser diferente al resto de las especies, ya que ellas apenas se percatan del paso del tiempo y la inmensidad del lugar que habitan, y menos aún sobre las cuestiones que nos rodean. Al menos ellos tienen el consuelo de conocer su propósito en la vida, mientras que nosotros, ¿tenemos algún propósito especifico en la vida?

Aún hay tiempo para vivir, aún hay tiempo para amar, aún hay tiempo para soñar, aún hay tiempo para cambiar. La vida no se define en riqueza y poder; a no ser que sea el poder de transformarnos y reflexionar, y a la riqueza de encontrarnos y hallar lo más valioso de nuestro ser. Ahí es donde se encuentra la verdad, ahí es donde están las respuestas; sólo ahí podemos encontrar la verdadera dicha y la felicidad. No necesitamos nada externo, todo lo bueno lo llevamos en nosotros. ¡Aún hay tiempo para despertar!

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