DE CÓMO PERDONÉ AL TEATRO

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PRAVIA 10 (marzo – abril 2014)

Por: Karina Macías.

No nací en una casa con biblioteca infinita ni soy producto de esas generaciones prodigiosas que se acercan a “la alta cultura” como a los juegos. No me leyeron nunca El Principito ni fui bilingüe a los 6 años. Para nada. La primera vez que fui al teatro ya alcanzaba el timbre (o no, si consideran que mido menos de 1.55m). Tenía esa edad en la que eres una figura amorfa que no deja de ser una niña pero que todavía no alcanza las curvas que dicta el libro de anatomía para ser “mujer”.

La primera obra que vi era motivo suficiente para que despreciara al teatro por siempre. Ojalá ahora volvieran a montarla, para que –con esta manceba madurez– pudiera escupirles gargajos obscenos a los creadores. Era una puesta en escena que hablaba de lo terrorífico que son las drogas, el alcohol y, por supuesto, el sexo. La historia estaba plagada de esos clichés paupérrimos del tipo “te va salir pelo en la mano por jalarte ‘el sexo’”. No el pene, no la vagina, no, ¡el sexo, la entrepierna, tu cosita! Ese vocabulario que evidencia a quien coge con la luz apagada y en silencio.

Han pasado 13 años de aquella tarea escolar que me hizo ver ese bodrio aleccionador, ñoño, burdo y, por supuesto, aburridísimo. Un material candente para un best seller de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

Pero yo regresé al teatro años después, ya sin obligación. Vi un par de obras de las que no tengo grandes recuerdos, pero que me hicieron darle (y sobre todo darme) una nueva oportunidad a este arte. Luego llegó Incendios.

Hugo Arrevillaga dirigió este montaje, basado en un texto del dramaturgo francolibanés Wajdi Mouawad, sobre las víctimas y los victimarios. Sobre cómo Nawal pierde a su hijo y cómo los gemelos que le sobreviven a esta mujer tienen la tarea de reencontrar a un hermano desconocido en un país azotado por la guerra. Para el objetivo de esta columna, la trama de la obra no es relevante, pues al punto que quiero llegar es a lo que sucede en el público (colocado estratégicamente sobre el escenario), que es igual de abrasador que lo que ocurre en la puesta en escena.

De este lado de la acera –la de los espectadores– se vive un estremecimiento absoluto propio del ser testigos del dolor de los personajes. Como público no hay barrera entre la ficción y la realidad, sobre todo porque esa historia “falsa” pasa justo frente a ti, en vivo y sin filtro. Te cae el sudor de la madre que corre desesperada por la escena buscando a un hijo que no conoció. Se viven sus lágrimas cuando ella le canta a ese hijo que marcará su destino en un Líbano en guerra. Todo esto contado en una escenografía asertiva: sencillos tablones largos de madera que ahora son un campo minado, otrora son un escritorio de abogado y luego fungen como una montaña.

No es fortuito que un montaje como éste haya logrado varios reestrenos y filas interminables en los teatros. Tampoco es casual que esta parte de la tetralogía de Mouawad haya agotado taquillas diarias cuatro horas antes de cada función. Y no es gratis que haya sido una medalla muy bien colgada para un director de teatro (Hugo Arrevillaga), un traductor (Humberto Pérez Mortera), una actriz (Karina Gidi) y dos escenógrafas (Atenea Chávez y Auda Carranza). Sin dejar de lado al equipo creativo y al grupo de actores.

El programa de mano debería advertir que no se puede entrar a obras como éstas sin pañuelos, porque el concierto de succiones nasales del público para evitar que salgan sus moquitos es un acompañamiento musical tragicómico.

Hablar de Incendios es un pretexto para ejemplificar lo que pasa adentro de la caja negra que es el teatro. Las emociones te cruzan como agujas de acupuntura o de maguey, según lo sutil o dramático, lo intenso y lo perfecto del montaje.

Luego de eso he visto obras en las que un pintor en vivo crea ilustraciones que se proyectan en el escenario para convertirse en los paisajes que acompañan la historia (El principito pintado, de Teatro Entre 2); otras en las que lo mismo pasa un concierto de cuerdas o una película de circuito cerrado cuando uno de los personajes se sale a la mitad de la historia, cruza Paseo de la Reforma con una cámara en mano y proyecta su filmación dentro del teatro como parte de la historia (Eraritjaritjaka, de Heiner Goebbels); y unas más en las que una escalera de tlapalería se convierte en una balsa, un escritorio, un columpio y un árbol en el que trepan aves-actrices que cuentan la historia de las guerras sucias de América Latina (Bestiario Humano, de Diego Álvarez).

La belleza radica no sólo en su montaje o en el talento de los actores, el espacio  juega un rol trascendental. Cada vez es más marcada la tendencia por apropiarse de los lugares que no tienen proscenios ni butacas. Basta ver los trolebuses de la Condesa y Roma, colonias del DF, en los que se montaban obras alternativas adentro de los camiones (una donación de Japón a México que no pudo utilizarse como transporte porque el volante estaba del lado derecho y que lamentablemente ya no existen porque en febrero de 2014 la delegación Cuauhtémoc del DF mandó a echarlos a un depósito de camiones de basura).

Pero por lugares la escena no se da abasto: departamentos, terrazas, casonas y hasta billares. Todo puede ser un escenario. Un tema que bien valdría tratar en una siguiente ocasión.

Con todas las emociones que he descubierto en el teatro, hoy ya perdoné a aquella bazofia adolescente que tuve que ver. Lo que dudo mucho es que el teatro algún día perdone a esa insulsa maestra que me obligó a ver aquella obra que, por cierto, como aquel estupendo montaje que fue Incendios, también rompió récord de taquillas. No hay duda que en gustos se rompen criterios y públicos.

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