Devenir Tragicómico

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PRAVIA 19 (septiembre – octubre 2015)

Por: Víctor Hugo Mondelo 

El teatro siempre trágico. En nuestro país ser teatrista significa un azaroso destino, pero cuando nos reímos de nosotros mismos y lo disfrutamos, la recompensa suele llegar. En las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo tenemos un inicio delirante en la escena, las ojeteses de los ambiciosos dioses a los insatisfechos, sentimentales y traicioneros mortales.

“El teatro tiene una génesis violenta” nos decía el maestro de indeterminación actoral, Tomás Rojas, de Casa del Teatro, uno de los discípulos de Luis de Tavira. Con su voz profunda nos exclamaba lo sagrado que es el escenario mientras nos ponía en una posición dolorosa de yoga, como en la que los japoneses se postran a tomar el té, pero con los tobillos completamente abiertos, soportando todo el peso del cuerpo; actrices y actores a los diez minutos berreaban por el dolor. -¿Hay en el teatrista, actor, creador escénico o ejecutante un aire de sadomasoquista?- sin duda. Después de casi una hora y con los tobillos dormidos en completa y ardiente distensión, teníamos que ponernos de pie, los actores sobrevivientes, en nuestro centro sin movernos. El maestro nos pedía defender con todo nuestro lugar en escena, mientras nos empujaba sin previo aviso, me tocó ver a varios prospectos fallidos de histriones caer con todo y sus egos. No, el teatro no es para cualquiera, repetían Tomás Rojas y Espartaco Martínez, una eminencia del butoh azteca.

Después de varios proyectos de comunicación con teatro en varias dependencias gubernamentales, en el 2005 tuve mi debut en el Programa Nacional de Teatro Escolar del INBA, en aquella época en la que el coordinador nacional de teatro era Ignacio Escárcega. Cada grupo elegido en varios estados del país debían tomar un diplomado de un mes, en ambiente secular, como monjes. Estaba el Grupo 55 de Larry Silverman y Casa del Teatro con Luis de Tavira, el primero con perspectiva lúdica y barbiana, el otro con un apego al método de Stanislavski, Grotowski y Meyerhold. Ese tipo de entrenamiento y asesorías daban herramientas importantes para facilitar el trabajo de escenotecnia, dirección, coreografía, actuación o dramaturgia.

Los presupuestos fueron bajando, después del 2011 en una puesta teatral que tuvo hasta 115 funciones en el Teatro Doblado, empezó la debacle del programa más importante de desarrollo escénico del país. En León, por ejemplo, ahora las temporadas son de 80 funciones. Juan Meliá, el titular de la Coordinación Nacional de Teatro, ha hecho malabares sacando agua de las piedras con los recursos tan limitados. Actualmente no hay capacitación, si algunas visorias de teatristas del Sistema Nacional de Creadores, para apoyar las puestas teatrales. La política ha sido darle prioridad a nuevos colectivos, a jóvenes creadores, lo cual ha dado resultados en darle trabajo a nuevos talentos, pero con algunos trabajos que al final no cuajan del todo y tienen un impacto negativo en el público escolar y docente. Los problemas se presentan cuando la obra de teatro no tiene una buena historia que contar (dramaturgia), actuaciones contundentes, escenotecnia funcional, buen ritmo de dirección, adecuada iluminación, sonorización, vestuario, uso de voz, coreografía; y en caso del uso de multimedia, si las proyecciones aportan a la trama e iluminación o sólo son un adorno innecesario.

El teatro, analogía de vida

No hay arte más vivo, más presente, más sensible ni más efímero que el teatro. El escenario tiene un toque, podría decirse, sagrado. El enfrentar un público al interpretar o improvisar un texto en una situación, nos pone ante una enorme lupa, donde va a ser evidente: si hay verdad en escena, si se trabajó lo suficiente, si hubo creatividad o humillación, catarsis, juego o tensión. Ver si la ecuación con todas sus variantes y constantes quedó completamente despejada y resuelta.

En diplomados y cursos con creadores y directores como Claudio Hochman, Luis Martin Solís, Boris Schoemann, Jorge Vargas, Jaime Chabaud, Antonio Peñuñuri, Hugo Suarez, Bertha Hiriart, Indira Pensado, Luisa Huertas o Julieta Egurrola; fui testigo de una constante, que se resume en una frase que le robe a mi colega argentino, un genial creador escénico, Fernán Cardama: ¿Quién carajo dijo que esto es fácil?

La competencia entre los creadores escénicos es voraz, los egos se golpean, y más con el crecimiento de la oferta teatral en una, siempre, escasa demanda. La proliferación de licenciaturas en arte escénico, ahí todos salen vociferando a Shakespeare y Becket sin saber un ápice de gestión artística y cultural; o quienes se entregan al teatro documento e hiperrealista tan en boga. Ahora los colectivos crean puestas como chorizos de mercado, con las mismas estructuras de rollo existencial, nula actoralidad, uso en exceso aciago de la multimedia, poca energía y acción, con narraturgias llenas de discursos panfletarios o crítica hueca. Una especie de dadaísmo donde toda ocurrencia es poética.

Al final, definir al teatro es una pérdida de tiempo, no hay un teatro mejor o peor, bueno o malo. El teatro es un resumen del devenir humano y donde todo significa. Donde antes de vernos superiores a los demás o presumir cualquier beca o gira, todo es fallido, si no vencemos al peor de los enemigos en la escena, nosotros mismos.

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