THE CHAMANAS

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PRAVIA 19 (septiembre – octubre 2015)

Por: Dante

Va a despegar el avión, nos piden que apaguemos los aparatos electrónicos. Algunos pasajeros hacen caso omiso a la petición y otros por el temor de ser responsables de un accidente aéreo a causa de mandar un par de mensajes de whatsapp acceden. Dos horas y media de vuelo, tiempo perfecto para ver una película, leer, escuchar música o dormir. Opté por la última y más cómodas de las opciones. Regularmente viajo en un asiento de pasillo ya que me incomoda “pedir permiso” para poder ir al baño del avión, en esta ocasión me tocó viajar en ventanilla por lo que mi mente se concentró en no moverse de ese lugar y simplemente descansar, así fue.

Al salir del avión el calor me abraza rápidamente, se hace presente y con su árida voz me recuerda que ya no estoy en mi ciudad, que he llegado a un lugar diferente, un lugar único. Busco mi equipaje, me quito la chamarra y busco adaptarme al lugar. Geográficamente estoy en mi país pero antes de salir del aeropuerto un agente federal me pidió mi pasaporte para verificar mi identidad, no sé si sean mis gafas oscuras y gorra que hacen de mí un sospechoso en potencia en este aeropuerto. No me incomoda mostrar mis documentos. Desde que las Torres Gemelas fueron derrumbadas, todos somos sospechosos hasta demostrar lo contrario y si usas barba eres automáticamente bienvenido al grupo de los sospechosos favoritos.

Finalmente salgo del aeropuerto, el sol cae a plomo. Me encuentro rodeado de aquellos que están saciando tu deseo de fumar un cigarrillo después de un viaje medianamente largo y las áridas montañas me contextualizan perfectamente. Aparecen algunas personas con camisas a cuadros, sombreros, hablando con acento muy especial que podría describirse como sutilmente fuerte pero al final en esta ciudad hay una calidez en la expresión de la gente, sus sonrisas son amables y pareciera que ven la vida de una manera muy positiva a pesar de que el sol los golpea salvajemente todos los días y que durante  varios años su tranquilidad ha sido quebrantada por la violencia y los noticieros se han encargado de condenar este lugar como una pesadilla.

Con un abrazo me recibe un colega originario de la ciudad y me subo a su troca, sintoniza la emisora de radio de clásicos y suena Tom Petty and The Heart Breakers, “Mary Jane’s Last Dance”. Vamos recorriendo algunas calles de la ciudad, aún hay rastros de heridas muy profundas, las paredes que quedaron en pie fueron testigos de acontecimientos que si esos lacerados ladrillos pudieran hablar difícilmente creeríamos o quisiéramos creer que lo que narran es verdad. La ciudad no puede describirse como un lugar estético, no es un lugar turístico, tomándose fotografías en cada esquina y buscando un Starbucks cada 2 calles para pasar el tiempo, este no es el lugar indicado. Esta ciudad tiene personalidad, una personalidad que la hace atractiva y única, una ciudad prohibida y ¿a quién lo le gusta lo prohibido?

Me pregunta mi colega: “¿Necesitas cambiar dólares? ó ¿quieres pasar por uno de esos burritos que tanto te gustan?  estamos a buena hora, no creo que haya mucho tráfico y seguro traes hambre después del vuelo”

Pasamos a un peculiar drive-thru a cambiar dólares, cada vez que tengo que hacer esto es un recordatorio de lo miserable que es nuestro gobierno y que han convertido nuestra moneda en un souvenir comparada con el dólar y no hablemos de euros y libras esterlinas ya que la depresión nos podría llevar a emborracharnos a cualquier cantina de la ciudad.  Después del ejercicio de cambio de divisas el estómago se me revuelve pero aun así opto por buscar un burrito para que su sabor me haga olvidar este incómodo episodio, saciar el hambre y que me recuerda que la comida en México es una joya, aunque les hable de un burrito.

Me dirijo a la frontera, me dice mi colega: “Este camino está lleno de tierra ya que el puente que le corresponde al lado mexicano no lo hemos terminado, los vecinos ya lo terminaron, a ver para cuando está listo, ya sabes cómo se las gastan nuestros gobernantes”.  Llego a la frontera, a ese punto en dónde no sabes exactamente si estás en tu país, si ya eres extranjero o si estás en una tercera entidad en donde nadie pertenece aquí y este lugar tampoco es de nadie. Tierra de nadie, en dónde se mezclan o desaparecen leyes, acentos, ideologías y razas. Guardas tu celular ya que por alguna razón hablar o tomar alguna fotografía de este sitio puede ser un serio problema para el incauto. Extrañamente en este puente no hay mucha gente, me atrevo a decir que soy el único junto con mi colega que pretendemos cruzar al otro lado. Después de un breve interrogatorio/conversación con un agente americano que tiene rasgos latinos pero un acento exageradamente americanizado, me despide con una casi sonrisa y nos deseamos un buen día, seguro el agente era mexicano.

Estoy del otro lado, desde cualquier punto del camino que me lleva por una cerveza puedo ver mi país, la cruda diferencia de un pedazo de tierra con otra, las rejas que nos dividen y que han sido testigo de tantas y tantas muertes y golpes de realidad que suceden todos los días. Tan lejos y tan cerca, compartiendo un mismo cielo y una misma luna cada noche pero abismalmente divididos.

Paso por una cerveza a cualquier bar, lleno de gente que ve algún juego de fútbol americano. Escucho varias voces hablando en español y en su mayoría el spanglish se hace presente. Pago mis cervezas, piensas que aquí son más baratas ya que el total es de $22.50 pero cuando subes al auto y haces la conversión a pesos el efecto del alcohol desaparece mágicamente. Mi colega se despide de mí y espero a un buen “compa” para que pase por mí. Llega mi amigo y compatriota y ofrece llevarme. La noche llega y la carretera es tan tranquila que se convierte en un espeluznante mar negro que escupe rayas que guían a los autos. De inmediato vienen a mi mente esas famosas historias de terror en carretera que se han consagrado en el cine de culto: sangre, sierras eléctricas manejadas por dementes que se autoproclaman artistas de la muerte pero al mismo tiempo me acuerdo que estoy en la ciudad más segura del mundo. De pronto me siento encerrado en una película de David Lynch, pero ni la mente más brillante podría ser capaz de reflejar lo que te hace sentir este desierto, rodeado de coyotes, víboras de cascabel y millones de piedras que pueden formar una alfombra roja que te lleve directo a la locura.

Llego a mi destino, me instalo en medio de la oscuridad, reviso que en mi cama no vaya a tener alguna araña, escorpión o cualquier otra especie que me haga pasar un mal rato. Antes de dormir salgo a la cocina del lugar y me sirvo una copa de vino. Aparece un sujeto, platico con él de todo y nada y la conversación nos lleva a la música. Me dice: “Tengo un grupo, deberías escucharlo para saber qué te parece.” El grupo se llama The Chamanas.

Esa misma noche escuché su música y fue lo que me inspiró a escribir todas estas palabras. The Chamanas es el soundtrack perfecto para la cautivadora belleza de toda frontera física o mental, conózcalos.

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