Diálogo entre amantes – Un cuento erótico

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Cruzando el librero estaba nuestro lugar de estreno. Todo empezaba conmigo en el sofá y contigo en el sillón opuesto al de la ventana.

Platicábamos de nuestra semana y de anécdotas vacías con pequeños vislumbres de pensamientos cínicos hasta que por fin parabas la falacia de nuestro rapport y me pedías que me quitara la ropa

Nuestro juego previo empezaba contigo abriéndome la puerta, saludándonos de manera distanciada, haciéndome pasar a la habitación, ofreciéndome agua, cerrando la puerta y poniendo el seguro, empezando el diálogo del trabajo, la escuela, el clima y el trafico mientras que yo ya llevaba mis bragas en mi bolsa.

Me callabas sentándote a mi lado, llevando tus labios a los míos y tus manos a mis pechos, deslizando mi blusa hacia abajo y poniéndolos al descubierto justo por encima de mi bra para después llevar tu boca a mis pezones, jugar con ellos, intercalándolos con pequeñas mordidas que por sí solas dejaban que mis piernas se abrieran, haciendo lugar para que tus manos profundizaran en ellas.

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O me callabas pidiéndome que me quitara el pantalón en frente de ti mientras que, con una mano, explorabas mi cuerpo dirigiendo tus dedos hacia abajo, jugando con ellos y moviéndolos en círculos parando sólo para dirigirlos adentro con el fin de humedecerlos y volver a jugar junto con toda la palma de tu mano.

Después de eso, te sentabas en el sofá, te bajabas el pantalón y dejabas al descubierto lo que yo había acariciado con mis manos. “Móntate”. Me decías. Con una ligera sonrisa de complicidad abría mis piernas hincándome encima y frente a ti, humedecía con mi lengua mis dedos, te tomaba con mi mano y lentamente hacia que me fueras penetrando. La ola de calor al hacerlo siempre fue la misma, la sangre me subía al rostro, mis labios se entreabrían y un pequeño jadeo salía de ellos. Agarrabas mi rostro para que no pudiera voltear y pudieras ser el único testigo de la oleada de placer que se hacía notar al tenerte todo dentro.

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La locura continuaba en todo el cuarto, el diálogo quedaba atrás; hasta que, al final, justo en donde empezábamos, guiabas con tus manos mi cabeza hacia abajo, llevando mis rodillas al piso y mi boca frente a tu pene. Me pedías que abriera las piernas y sacara mi culo para que, al momento de ayudarme y empujar mi cabeza hacia ti, sintiéndote hasta la garganta, pudieras verme doblegada, vencida dentro de mi propia perversión, sin moral, sin pena y sintiéndome completamente libre.

Jugaba con mi lengua y con mis labios, ocupaba mis manos y la falta de pudor para poder disfrutarte hasta que tu propia respiración comenzaba a agitarse llegando a su límite. Tus labios se entreabrían y me pedías que sacara la lengua y te viera. Con una de tus manos continuabas con lo que había empezado mi boca, haciendo los movimientos cada vez más rápidos hasta comenzabas a llegar al tope. Justo en ese instante acercaba mi lengua hacia ti sintiendo de repente como terminas en mi boca, mi lengua manteniendo la cálida prueba de nuestra mutua complicidad.

Siempre fue así, un espacio en el tiempo para el descaro y el cinismo, para vernos reflejados uno en el otro.

Finalmente, el recuerdo que más me trascendió de nosotros, fue el diálogo que iniciaba contigo entre mis piernas y terminaba contigo en mi boca.

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