SERGIO GARCÍA ZAMORA: UN POETA DE NUESTRO TIEMPO

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Sergio García

Por Laura Itzel Domart/@itzeldomart

El frío de vivir

Sergio Garrcía Zamora

Madrid, España

Fundación Loewe, 2017.

 

Sergio García Zamora (Esperanza, Cuba, 1986) es un hombre, un poeta, un joven que le canta a Walt Whitman. Pero también es filólogo y editor. Tiene una docena de poemarios publicados en Cuba, Nicaragua, Colombia, Estados Unidos y España. Ha recibido los premios de poesía: La gaceta de Cuba (2014), Rubén Darío (2015) y Loewe a la Creación Joven (2016).

El frío de vivir fue el poemario que le mereció el Premio Loewe a la Creación Joven, en su edición 2016. En él, García Zamora se expone a sí mismo como uno de esos “poetas que no [vacilan] en espolear a la bestia”, dice el poeta Víctor Rodríguez Núñez al reverso del libro. Quizá por esto y por el extraño frío, el poeta cubano sea uno de esos autores contemporáneos a los que hay que seguirle la pista.

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El codirector general del Instituto Nicaragüense de Cultura Luis Morales entrega al poeta cubano Sergio García Zamora el diploma que lo acredita como ganador del premio internacional de poesía “Rubén Darío 2016

Sergio es joven y vive en una isla, y tiene frío. Por ello, sé que sus preocupaciones no son tan distintas a las mías. Sin embargo, la forma en la que escribe sí es diferente. Él es clásico, no juega mucho con la in-corrección del lenguaje. Quizá esa sea una de las razones en las que radica su valor literario.

Él toma con seriedad la poesía porque el poema no es comida rápida. “Qué es el poema, sino una jaula para osos, /un mecanismo para contener la perfección, /un herraje más contra aquello que libre/ logra destrozarnos”, dirá el propio poeta. Esa preocupación por la poesía como la vida misma está presente no sólo en El frío de vivir, sino prácticamente en toda su obra.

Si bien, el poeta cubano se aleja de la experimentación, no se aleja del mundo que lo aplasta. Él siente frío en una isla donde el sol cae a palos, pero es consciente de que es imposible vivir sin uno de los dos. Ese estar en el mundo, ese estar en la vida, lo traslada a la escritura misma. “En la mañana la vida ordenaba: levántate y ve a trabajar. Y yo fingía quedarme dormido (…) Entonces ella volvía a poner el frío de su arma en mi espalda para enseñarme que no estaba jugando”.

Siguiendo las enseñanzas de Baudelaire, hacer coincidir el ritmo de la prosa poética con los ritmos del alma, Sergio afila el bolígrafo para realizar un libro que no sólo esté bien escrito, sino que se contenga a sí mismo a través de la escritura. “Que son mis poemas mis poemas, mis solas propiedades. (…) El alma vale el precio de la renta. Pienso en los clásicos esas pensiones de Dios para estudiantes”, dirá sin recato.

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García Zamora tiene conciencia de que el poema no sirve para atarse a este mundo de la forma convencional, sino para saber que la vida no es más que un viaje en paracaídas. Un viaje en el que hay que cuidar del aeroplano para que, en cada caída, el piloto aprenda a maniobrar el dolor. Afición de poetas será, pero es que según Leminski (a quien cita): “Un hombre con un dolor es mucho más es mucho más elegante”.

De este modo, Sergio se estremece del frío de la vida, del estar parado en el mundo. “Antes que el caballo fuese caballo/ y el hombre fuese hombre, / el hombre y el caballo eran el centauro. (…) Así hubiese sido, pero uno de ellos/ eligió para siempre la inocencia”, dirá sin titubear. Bien sabe que la inocencia del hombre quedó para la ficción y el hombre quedó para la poesía.

Aunque el poeta es consciente de que la inocencia del hombre quedará para la posteridad, se esfuerza por hacer de la poesía un arte serio, uno que convulsione con el mundo. Por ello, se rehúsa a hacerlo por el simple acto de hacer: “Mañana seremos hamburguesas. El que come cualquier cosa, lee cualquier cosa”. Él no vacila, no pretende aparecer en los aparadores de comida rápida; pero crítica a quien sí, aunque sepa de antemano que nadie es inocente.

Las preocupaciones del poeta cubano no son exclusivas, como el dolor no es exclusivo, como la madre no es exclusiva. “Pero la soledad de mi madre nunca pide explicaciones. La soledad de mi madre me acaricia el rostro como se acaricia el rostro que se sabe para siempre perdido”. Esa actitud de pintor, que tanto solicitó Paz, pues según él, sólo de ese modo “se trasciende los límites del lenguaje”.

Ese dolor universal es pintado de forma certera en los poemas de García Zamora. Quizá por ello sea un autor obligado de nuestros tiempos, pues como él mismo expone: “Sólo faltas tú, hombre de mi tiempo, / por eso te confunden con el enemigo”. Su poesía es una especie de llamado a recuperar el mundo del hombre y desechar al que otro hombre quiere que sea.

 

 

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