INSENSIBILIDAD CONGÉNITA AL DOLOR

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PRAVIA 14 (noviembre – diciembre 2014)

Por: Dra Andrea Chávez.

El dolor es algo que todos hemos experimentado alguna vez en nuestra vida. Podríamos describir esas situaciones de dolor como lo peor que hemos pasado, o como un dolor insoportable, más sin embargo pocos sabemos que el dolor es una respuesta de nuestro cuerpo de que algo anda mal. Es algo que nos protege de muchas cosas y nos avisa que estamos en peligro de dañarnos.

Por ejemplo si nos acercamos a algo caliente nuestro estímulo de dolor nos hace retirarnos, o si nos cortamos con algo filoso el dolor hacer que por instinto nos alejemos para no herirnos más.

¿Alguna vez imaginaste no sentir dolor? ¿Alguna vez lo deseaste? Pues aquí lo tienes y no es tan divertido como lo habías imaginado. La insensibilidad congénita al dolor es una extraña condición médica, de la cual poco se sabe en sí, y que fue descubierta hace relativamente muy poco. Se trata de una condición de tipo congénita en la que la persona nace con la incapacidad de sentir dolor físico, la persona es completamente normal, pero no puede sentir si su cuerpo esta en peligro.

La condición se debe a una extraña mutación a nivel genético en cuanto a la síntesis de un tipo de canal de sodio particular, el cual se encuentra en el sistema nervioso y en las neuronas. Éste se encarga de transmitir, enviar y recibir el dolor en el sistema nervioso central.

Estos desórdenes genéticos afectan al sistema nervioso autónomo, que es el que controla la presión sanguínea, el ritmo cardíaco, el sudor, el sistema sensorial nervioso y la habilidad para sentir el dolor y la temperatura. Fue descrita por primera vez por Dearborn en 1932.

Los pacientes sienten con normalidad el tacto, la presión, los cosquilleos, el calor y el frío, ¡Pero no el dolor! En la gran mayoría de los pocos casos que se han registrado de esta mutación, los pacientes fallecen con pocos años de vida por infecciones, ulceraciones y otras condiciones que se detectan demasiado tarde o incluso hasta por daños auto-infligidos. Si no hay dolor, no se percibe el peligro, y no hay precaución.

Un bebé puede morderse la lengua hasta hacerse daño pues no siente el dolor, no comprende que se está lastimando. Un niño puede caerse y romperse un hueso, y levantarse para seguir jugando.

Así qué la próxima vez que experimenten dolor (por más fuerte que sea) tal vez podamos concientizar un poco que gracias a él nos estamos evitando muchas complicaciones que nos podrían causar hasta la muerte.

¿Duele? Si, pero nuestro cuerpo es sabio y es sólo un signo de que algo anda mal así que “aguantemos y resolvamos el problema”.

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